domingo, 20 de diciembre de 2009

Cataluña no es culpable de la antitauromaquia

Por lo visto, cualquier tema polémico que se debate en Cataluña siempre es más visible que si sucede en otro lugar de España. Es la manera de politizar todas las cosas y que los demás puedan hacer lo que quieran mientras las miradas y los dedos señalen hacia el pueblo catalán.
Esta vez le ha tocado al mundo de la tauromaquia. En relación a la ignorancia supina de determinados colectivos que disfrutarán acusando a los catalanes del movimiento contrario a las corridas de toros e identificándolo con el debate identitario, merece la pena repasar la memoria histórica objetivamente fuera de las fronteras de Cataluña.
Las críticas hacia las corridas de toros existen desde la fundación del llamado “arte de la tauromaquia” en el siglo XVIII en España. Incluso fuera del país son mucho más antiguas. Tenemos el ejemplo de filósofos como Cicerón, escritores cristianos como Prudencio, Sasiodoro, San Agustín y San Juan Crisóstomo, y de papas como Pío V y Gregorio XIII. Dentro de la península, tenemos a reyes Borbones como Felipe V (que consideraba las corridas de toros como algo indigno y propio del populacho), Carlos III y Carlos IV, que las prohibieron. Algunos intelectuales también se mostraron contrarios, como el ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos, que consideraba las corridas de toros como espectáculos poco didácticos. Otros casos serían los de Eugenio Noel (quien lo consideraba un crimen de raza y una fiesta que se reducía a sangre, crueldad y porquería, y un síntoma de que el pueblo podía hacer lo que le daba la gana) y Miguel de Unamuno (quien dijo aburrirles y repugnarles). Además, el naturista Félix Rodríguez de la Fuente afirmó que la fiesta nacional era la exaltación máxima de la agresividad humana.
Y como estos ejemplos aquí expuestos existirían muchos más personajes históricos contrarios precisamente muy españoles. Estadísticamente, más del 72% de la población española ha reconocido no tener ningún interés por la tauromaquia. Por comunidades autónomas, una ley autonómica de 1990 ha prohibido las corridas de toros en las Islas Canarias, y las comunidades de Galicia, Asturias y Aragón, junto con Cataluña, encabezan los territorios donde hay mayor rechazo hacia las corridas de toros. Incluso en Andalucía, tierra taurina por excelencia, han perdido público y han cerrado algunas plazas.

En definitiva, el movimiento antitaurino viene de muy lejos y la memoria histórica demuestra que va mucho más allá de las fronteras catalanas y que por consiguiente no es culpa de los catalanes como algunos ignorantes quieren hacer creer.
A nivel personal, considero que cualquier fiesta o celebración (sea española o catalana o de donde sea) que suponga hacer daño o abuso de un animal es mala, y el hecho de que se trate de una tradición y un hecho cultural y folclórico muy antiguo no es excusa para defenderla. Son muy demagógicas las opiniones de quienes creen que el movimiento antitaurino es una hipocresía aduciendo que en cambio permiten la matanza de animales en los mataderos para consumo alimentario e incluso el exterminio de moscas y mosquitos con insecticida. Como solución intermedia, sería aconsejable modernizar los estatutos reglamentarios para las corridas de toros y evitar que al final de la faena el animal muriese, tal y como sucede en algunos países como Portugal, donde el animal es indultado y el torero es igualmente un héroe para el público. En resumen, CORRIDAS SÍ siempre y cuando no se dañe, se humille o se mate al animal, y CORRIDAS NO si ello comporta la tortura, la humillación y la muerte del animal. Queda así muy claro que no se trata de una postura identitaria o antiespañola.
Sin embargo, no estoy en absoluto de acuerdo que en Cataluña se quieran prohibir las corridas de toros y sin embargo se blinden fiestas típicas catalanas como el Correbou. Eso es sin duda una incongruencia, una hipocresía y algo inadmisible porque eso es hacer trampa y girar el tema hacia un debate identitario. Si se prohíbe la fiesta nacional, también debería de hacerse con algunas fiestas catalanas, incluidas las que tengan que ver con otras especies animales.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Memorias de un cinéfilo de estreno II: REGIO VISTARAMA PALACE

Si una sala cinematográfica de Barcelona merece ser descrita como el palacio, el templo o el coloso del séptimo arte, sin duda alguna es el Regio Vistarama Palace, que tan buenos recuerdos me trae y que solo por su grandeza mereció ser conservado.
Magnífico cine situado en el número 50 de la avenida del Paral·lel, abrió el 15 de mayo de 1962 por obra y gracia de Pere Balañà i Espinós y Lluís Coma i Cros, en una “inauguración única en los anales del séptimo arte”, como dijo la prensa de la época. Es obra de los arquitectos Santiago Casurellas, Josep Rodríguez i Lloveras y Pere Ricart i Biot. Parece que la idea inicial era la de construir el mayor cine ecuestre del mundo, pero por razones que se desconocen el Ayuntamiento desestimó la propuesta. Sin embargo, la empresa Balañà promocionó este cine como “el mejor local del continente”. A los dos años de su inauguración, el 5 de febrero de 1964, un cortocircuito producido por el mecanismo de los cortinajes ocasionó un severo incendio que destruyó buena parte del local, aunque afectó más a la decoración que no a la estructura del edificio. El arquitecto Antoni Bonamusa se encargó de su reconstrucción, y el 29 de marzo del mismo año reabrió nuevamente con el aspecto que tuvo hasta su desgraciada desaparición, a finales de la década de los noventa. En su corta trayectoria, inicialmente se dedicó a la exhibición de películas de estreno acompañadas de un complemento de reestreno. Luego, pasó a ser sala exclusivamente de estreno, llegando a exhibir filmes de gran espectacularidad y grandes obras clásicas de la historia del cine.

El cine Regio no estaba integrado en los bajos de un bloque de viviendas como suele pasar a menudo, sino que tenía un edificio propio. La fachada era funcional, acristalada, con un remate metálico en la parte superior en el que iba el nombre del local. La parte central era a menudo aprovechada para colocar grandes carteles artísticos, es decir, pintados artesanalmente a mano, como los de antes. Quienes dedicaron su vida a pintar carteles cinematográficos merecerían un homenaje y un reconocimiento por su excelente trabajo. El vestíbulo era un preludio de lo que era el interior de la sala, de diseño muy funcional donde el mármol era el material predominante pero con buenos acabados. En una de las paredes había unos relieves escultóricos obra de Lluís Saumells. Unas escalinatas daban acceso a los anfiteatros, y el techo estaba coronado por unas lámparas esféricas agrupadas. En un lateral había el servicio de bar y cafetería, de proporciones superiores a otras salas de estreno. El interior de la sala era espectacular e impresionante. El diseño era el típico de los cines de la cadena Balañà: butacas rojas, lámparas esféricas laterales y suelo y paredes enmoquetados de color rojo. La platea tenía 770 butacas y había dos anfiteatros, el primero para 462 personas y el segundo para 369. En total 1.600 localidades. La sala tuvo la novedad de ser la primera en dotar de butacas con pié de aluminio fundido.

Lo más espectacular, sin duda alguna, era la pantalla de proyecciones, formada por la unión de tres pantallas, de ahí el término “vistarama”, un sistema que superaba al del cinerama en cuanto a dimensiones se refiere, y nada que envidiar al actual sistema “omnimax” como el del cine Imax del Port Vell. Por supuesto, no faltaban las elegantes cortinas de apertura y cierre, que tanto se echan de menos hoy día y daban un toque de glamour a las salas de cine. De niño recuerdo que en los intermedios de las largas películas me levantaba del asiento y me iba andando hasta colocarme delante de la pantalla para ver su grandiosidad. Nunca he tenido palabras para describir la impresión que daba. La pared donde estaba ubicada la pantalla tenía forma de letra “C”, bastante curvada dando así al local una imagen de auditorio o de teatro, algo en lo que se podía haber convertido en vez de derribarlo para hacer oficinas.
La verdad es que no llegué a ir a menudo a este cine, pero por razones obvias, las veces que asistí fueron memorables. Durante un tiempo estrenaban por Semana Santa o Navidad películas épicas, muy indicadas para un cine como el Regio porque eran cintas proporcionales al tamaño del local en cuanto a duración y espectacularidad. Recuerdo haber visto “Ben-Hur”, “Los Diez Mandamientos”, “Espartaco” y “La conquista del oeste”, pues eran los añorados tiempos en que a veces reponían piezas de esta índole, algo que hoy día se ha dejado de hacer y solo queda en la memoria histórica de quienes lo hemos vivido. La pérdida de este cine es una muestra de lo que no se debe de permitir, pues reciclado a los tiempos actuales hubiese contribuido a la revitalización del Paral·lel como avenida de los espectáculos.