lunes, 6 de abril de 2026

En defensa de la cruz monumental del parque del Turó de la Peira


Entre finales de marzo y principios de abril han tenido lugar, una vez más, las tradicionales fiestas de Semana Santa. Estas fechas me han parecido más que oportunas para reflexionar acerca de una polémica que lleva meses debatiéndose. El Ayuntamiento de Barcelona ha decido retirar la cruz monumental del parque del Turó de la Peira para restaurarla. Sin embargo, se escamparon falsos rumores acerca de que no volvería a su ubicación original y que tendría una nueva reubicación. Ello ha generado no pocos comentarios tanto a favor como en contra de tal decisión. La controversia, más allá de meras opiniones, ha derivado a instrumentalizar este asunto a posturas tendenciosamente políticas, o mejor dicho, partidistas. Por supuesto, los tópicos acerca del perfil de los defensores y de los detractores de mantener este elemento no se han hecho esperar. No hace falta decir entonces a qué ideología se asocia cada posición.


Sobre los orígenes históricos de esta cruz en el número 133 del boletín Ideal (suplemento de la Hoja Diocesana de la parroquia de San Juan de Horta) de enero-febrero de 1961 nos informa de una peregrinación de feligreses desde la plaza de Bacardí hasta el parque del Turó de la Peira, donde se procedió a la bendición de la cruz monumental. Fuentes más dispersas (y dudosas) hacen coincidir su colocación al poco tiempo de inaugurarse el Turó de la Peira como parque público municipal en 1936, justo antes de estallar la Guerra Civil española. Otras la ubican en los años 40, durante la postguerra, coincidiendo con las políticas misioneras y de evangelización de los barrios llevadas a cabo por la Iglesia bajo el régimen franquista. Incluso aseguran que la iniciativa fue del padre Tarsicio de la parroquia de Sant Francesc Xavier, en Can Peguera. Mientras que otras afirman que se instaló con motivo del XXXV Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona de 1952 e incluso durante las Jornadas Marianas de 1954 a modo de reafirmación del llamado nacional catolicismo. En ninguno de estos casos se ha hallado información al respecto que así lo certifique.
Se trata de una cruz de unos 5 metros de altura forjada de hierro completamente funcional y carente de elementos artísticos, sujeta sobre una gran base de piedra y ubicada en una cima a 138 metros de altitud sobre el nivel del mar desde donde se contemplan excelentes vistas a la ciudad y alrededores. Antaño fue lugar de paso de los Vía Crucis, de peregrinación y punto de congregación de feligreses.


Acostumbrados a ciertos sectores políticos cuya especialidad es dividir y enfrentar a la sociedad, marear la perdiz donde siempre ha habido paz, ver fantasmas allá donde no los hay y provocar un conflicto o ver problemas donde nunca han existido, permítanme que me posicione a favor de conservar la cruz monumental del parque del Turó de la Peira. Llámenme como quieran y pónganme las etiquetas que deseen, yo tengo muy claro quién soy, qué pienso y lo que quiero. Inevitablemente mis argumentaciones (como las de todos) tienen una parte objetiva y otra subjetiva, por supuesto siempre discutibles. A modo de esquema las principales razones por las que defiendo su mantenimiento son:
- Con independencia de su origen, es un elemento integrado en el paisaje con valor cultural e histórico que simboliza, más allá de tradiciones y creencias, la espiritualidad y la conexión de los vecinos del barrio con la montaña.
- Es un elemento identitario del parque y, en parte, del barrio, así como un icono de referencia para quienes exploran la ciudad y sus alrededores.
- Contiene una carga sentimental especial para muchos vecinos del barrio, tanto creyentes como no creyentes.
- En sí misma carece de connotaciones políticas.
- Constituye, a la vez, un símbolo de memoria histórica y un símbolo paisajístico compatible con la evolución democrática de la ciudad y la reinterpretación de los espacios urbanos.
- Es testigo viviente de una antigua tradición montañesa que, además de representar la conquista de una cumbre, simboliza la fe, la protección divina durante el ascenso, la espiritualidad y formar parte de una comunidad.


A los anteriores apartados tengo más argumentos, los cuales he preferido exponerlos a modo de réplica a los razonamientos de quienes se posicionan a favor de retirar la cruz monumental, lo cual me permite explayarme en determinados aspectos. En primer lugar, sus detractores afirman que es un símbolo franquista y antidemocrático que no respeta la diversidad ideológica. La cruz como símbolo cristiano fue adoptado por el emperador Constantino a partir del año 312 (siglo IV), por lo que obviamente no se puede atribuir al franquismo y es además compatible con los valores democráticos y la libertad ideológica al asociarse ineludiblemente con las enseñanzas de Jesús. Rompiendo tópicos ¿acaso no existen los cristianos de izquierda y los comunistas cristianos? Por ello, aunque la Iglesia Católica no es un ente democrático, lo que representa la cruz trasciende mucho más allá de una institución clerical por poderosa que sea. Es más, suponiendo que se hubiese instalado bajo el franquismo tampoco lo convertiría en franquista porque no todo lo creado, decidido o instaurado en tiempos de Franco es necesariamente franquista. No existen pruebas que demuestren que se trate de un homenaje a los "Caídos por España" del bando sublevado durante la Guerra Civil. Una vez más se confunde la época con la ideología.
En segundo lugar argumentan que no encaja con el laicismo. La presencia de la cruz monumental no supone la imposición ni la promoción de una religión ni ocupa un espacio predominante en el parque hasta el punto de robar la neutralidad y "expulsar" a quienes no comulgan con el cristianismo. Actualmente en una sociedad cada vez más plural forma parte de la diversidad cultural y es un elemento cultural. No olvidemos que el laicismo no justifica la exclusión sistemática de símbolos religiosos de los espacios públicos, pues de lo contrario podría vulnerar el derecho a la libertad religiosa. Siempre he sido partidario del estado aconfesional frente al estado laico porque a la vez que no se impone ninguna religión como oficial se garantiza la igualdad y el respeto a todas las creencias, es posible la cooperación del Estado con instituciones religiosas y además reconoce el hecho religioso en la sociedad, una realidad que no se puede ni se debe de ocultar.


En tercer lugar alegan que no respeta la diversidad religiosa. Durante este primer cuarto de siglo Barcelona la inmigración extranjera ha tenido como consecución el aumento del número de evangelistas, ortodoxos, testigos de Jehová, musulmanes, budistas, hinduistas y judíos. Ello ha sucedido estando la cruz monumental presente en el Turó de la Peira, por lo que no ha sido para nada impedimento alguno de este fenómeno creciente. Merece remarcar por si nadie se había percatado, que también existen cristianos contrarios a la simbología religiosa y, por tanto, a la cruz monumental del Turó de la Peira, como son los mormones, los evangelistas, los ortodoxos, los Testigos de Jehová y los llamados Cristianos de Base, todos ellos claramente anticonistas. Y en el bando opuesto, existen numerosos agnósticos y ateos favorables a su mantenimiento porque lo perciben como un icono de identidad del barrio que no ofende a nadie. Otra vez rompemos tópicos.
Y en cuarto lugar sostienen que no garantiza la inclusividad ni del espacio público. Falso. En el momento en que un símbolo religioso es aceptado por la pluralidad y visto como un elemento cultural y patrimonial, además de un icono identitario, deja de ser algo privilegiado y discriminatorio para pasar a ser un elemento estático a caballo entre la tradición y la neutralidad institucional. La presencia de la cruz no impide ni prohíbe la posibilidad de permitirse otros símbolos monumentales de otras confesiones, algo que el modelo aconfesional español autoriza y se ampara en la Constitución.


Finalmente el Ayuntamiento de Barcelona confirmó oficialmente su intención de volver a instalar la cruz donde siempre ha estado. Afortunadamente lo demás han sido rumores infundados malintencionadamente que para nada responden a la realidad. Todo forma parte del proceso de remodelación al que se someterá el parque del Turó de la Peira el cual, entre otras cosas, mejorará su accesibilidad.

Fotos: Ajuntament de Barcelona, Arxiu Fotogràfic de Barcelona (AFB), Arxiu Municipal del Districte d'Horta-Guinardó (AMDHG), J. Caminal, Jordi Corominas, Miguel Badosa.

martes, 31 de marzo de 2026

Salvat Papasseit versus Virrei Amat. Una valoración personal


El pasado miércoles día 25 de marzo el Plenario de Nou Barris aprobó por mayoría que la plaza del Virrei Amat recuperara su antigua denominación dedicada a Joan Salvat Papasseit (Barcelona 1894-1924) después de 84 años de la sustitución ejecutada por el Ayuntamiento de Barcelona bajo el régimen franquista. Los cambios en la nomenclatura nunca quedan exentos de polémica por las razones formales y de fondo habidas en la intención. Los nombres de los espacios públicos urbanos han sido (y son) a menudo una herramienta para reflejar de manera sutil y discreta la imposición de unos valores, una ideología e incluso una doctrina, de lo contrario muy poco o casi nada habrían cambiado a lo largo de los siglos. En ese sentido hay algo claro e irrefutable: la denominación de una calle o una plaza importa.
Centrándonos en el presente caso a finales del siglo XIX en el municipio de Sant Andreu de Palomar la urbanización de la rambla de Santa Eulalia (posteriormente Fabra i Puig) previó una plaza justo al lado de la iglesia nueva de Santa Eulàlia de Vilapicina y al inicio de lo que sería el paseo del Manicomio (posteriormente Doctor Pi i Molist). Allá también desembocaba el camino Antiguo de San Acisclo (después Mariscal Joffre, luego Borbón y actualmente Els Quinze). En 1917 ya perteneciendo a Barcelona tras la agregación de 1897 la futura plaza se concibió como un nudo de comunicaciones, por lo que se decidió modificar el proyecto y ubicarla justo detrás de la masía de Can Sitjà en terrenos de la finca de la Torre dels Anglesos. Ello permitiría la llegada de la calle de Bach de Roda (posteriormente Felip II).


El 20 de febrero de 1931 se inauguró la urbanización y dos años después, el 16 de noviembre de 1933, fue bautizada como plaza de Salvat Papasseit. De este modo se decidió homenajear al poeta, ensayista, periodista y escritor fallecido prematuramente el 7 de agosto de 1924 a los 30 años de edad. No se puede negar la existencia de cierta vinculación de este personaje con el barrio, pues cuando él enfermó de tuberculosis en 1922 residió temporalmente en el número 51 de la calle de Can Pujolet, en la Font d’en Fargas, entonces núcleo perteneciente a Santa Eulàlia de Vilapicina.
Terminada la Guerra Civil el régimen franquista revisó el nomenclátor barcelonés con el propósito de eliminar cualquier personaje o elemento contrario a la ideología de la dictadura. Ello afectó al nombre de la plaza, pues Joan Salvat Papasseit reunía todos los ingredientes para ser borrado: simpatizante de idearios anarquistas, socialistas y anticlericales, además de catalanista radical. Por este motivo el 6 de mayo de 1941 la plaza fue rebautizada como Virrey Amat en recuerdo de Manuel d’Amat i Junyent (Vacarisses 1704 - Barcelona 1782), militar, gobernador de Chile (1755-1761) y 31º virrey del Perú (1761-1776). Su linaje nobiliario, su gestión administrativa, académica y económica en el continente americano, así como su clara afinidad hacia la monarquía borbónica lo convertían en un personaje cómodo, coherente, unívoco, incontestable y armonioso en el nuevo contexto político del país. Su legado más representativo es el palacio que mandó construir en la Rambla conocido como Palau de la Virreina, erigido entre 1772 y 1778, declarado bien cultural de interés nacional en 1941 y actualmente sede del Institut de Cultura de Barcelona. Aunque jamás tuvo vinculación con el barrio, su sobrino Rafael d'Amat i Cortada Senjust, barón de Maldà, hizo numerosas estancias en la masía de Can Sitjà, a la que llamaba Col·legi de la Bona Vida. En su diario personal Calaix de Sastre describe tanto la casa como el territorio.


El poco tiempo en que la plaza se llamó Salvat Papasseit (sólo 7 años, 5 meses y 20 días) hizo que enseguida los vecinos se olvidaran progresivamente de la denominación original. Si a ello sumamos la llegada de nueva población procedente del resto de España a partir de los años 50 y su descendencia el personaje quedó completamente enterrado de la memoria histórica. A partir de los años 50 y durante los años 60 y 70 grupos clandestinos procedentes del catalanismo y el independentismo empezaron a reivindicar la figura de este literato autodidacta, popular y vanguardista y a difundir su obra. Ya en democracia, a principios de los años 80 surgió un tímido movimiento a favor de restablecer la denominación original de la plaza, incluso en las paredes de los edificios hubo pintadas realizadas con plantilla que indicaban “Plaça Salvat Papasseit”. Ello no tuvo la trascendencia deseada, pues posiblemente se consideró que la aprobación el 9 de mayo de 1980 del nuevo "Passeig de Salvat Papasseit" en la Barceloneta, barrio donde llegó a residir y que le inspiró algunas de sus obras literarias, compensaba y restituía sobradamente la figura de este personaje de la literatura catalana, a la vez que se evitaba una duplicidad. Aunque la llama del sentimiento de restaurar el nombre original de la plaza nunca se apagó no fue hasta la actualidad que se produjo el empujón definitivo. Para ello, coincidiendo con el centenario de su muerte se creó la plataforma Restituïm, liderada por un grupo de vecinos del distrito de Nou Barris unidos y organizados para lograr este propósito.


Merece resaltar cómo algunos medios de comunicación y formaciones políticas hablan de vestigio o de nombre franquista. Esta afirmación es falsa, pues Manuel Amat i Junyent fue un personaje del siglo XVIII y por consiguiente no es posible asociarlo a algo que todavía no existía. Sí se puede afirmar que se trata de un nombre impuesto durante dicho período. Ocasionalmente se confunde el régimen con la ideología, es decir, no todo lo realizado durante el franquismo es franquista. Para llevar la petición al el Plenario de Nou Barris era necesario un aval mínimo de 800 firmas, lográndose un total de 1.440 de las cuales fueron validadas 1.276. ¿Significa que la mayoría de vecinos apoya el cambio de nombre? ¿Lo tuvo realmente cuando la plaza de Llucmajor pasó a ser la plaza de la República? Algunas fuentes aseguran que no, pero sin embargo eso es algo que difícilmente se podrá demostrar al no haberse hecho una encuesta o una consulta popular. Muchas veces las victorias son de las minorías que aprovechan la pasividad y el conformismo de las mayorías silenciosas las cuales, a pesar de su oposición, no ven necesaria la movilización. Se dice que la propuesta ha nacido de razones populares e históricas, pero no nos engañemos, aún así la revisión y cambio de nombres del nomenclátor siempre se debe a motivos políticos y partidistas tanto por activa como por pasiva, pues la historia la escriben y la imponen los vencedores. En este sentido, en dictadura y en democracia la memoria histórica que tanto se reivindica contiene en mayor o menor medida memoria selectiva, fomentando lo que interesa y encaja con el discurso "oficial" y minimizando o borrando lo que no conviene. Basta con estudiar la evolución odonímica de la ciudad de estos últimos 150 años para cerciorarse de esta realidad.


Las razones ideológicas resultan obvias y la plaza del Virrei Amat en cuestión es un ejemplo que no se escapa. Desde hace algunos años las alcaldías de Barcelona han aprovechado su mayoría representativa para poner en marcha un proceso de exterminio progresivo de toda denominación relativa a monarcas y a religiosos. ¿Es necesario que para reivindicar y dignificar a unos personajes los cuales nadie niega su derecho a ocupar un espacio público en la ciudad se haga a costa de defenestrar o demonizar a otros como si de una acción revanchista se tratara?
Si bien en 2024 la propuesta se desestimó alegando duplicidad al existir el paseo de la Barceloneta, finalmente en este 2026 hubo un cambio de actitud que llevó a su aprobación. El siguiente paso es que el Ayuntamiento de Barcelona eleve la iniciativa a la Ponencia del Nomenclátor para dar el visto bueno. El proceso no se ejecutará de inmediato sino a lo largo de los próximos meses, pues más allá de una simple sustitución de placas callejeras deberán también cambiarse las señales informativas de orientación y la señalización de la red de transporte público.


Fotos: AHRNB, AMDNB, Archivo Pedro Díaz, Biblioteca de Catalunya, Jaume Vilardaga Ribera, Marius Serra.