martes, 31 de marzo de 2026

Salvat Papasseit versus Virrei Amat. Una valoración personal


El pasado miércoles día 25 de marzo el Plenario de Nou Barris aprobó por mayoría que la plaza del Virrei Amat recuperara su antigua denominación dedicada a Joan Salvat Papasseit (Barcelona 1894-1924) después de 84 años de la sustitución ejecutada por el Ayuntamiento de Barcelona bajo el régimen franquista. Los cambios en la nomenclatura nunca quedan exentos de polémica por las razones formales y de fondo habidas en la intención. Los nombres de los espacios públicos urbanos han sido (y son) a menudo una herramienta para reflejar de manera sutil y discreta la imposición de unos valores, una ideología e incluso una doctrina, de lo contrario muy poco o casi nada habrían cambiado a lo largo de los siglos. En ese sentido hay algo claro e irrefutable: la denominación de una calle o una plaza importa.
Centrándonos en el presente caso a finales del siglo XIX en el municipio de Sant Andreu de Palomar la urbanización de la rambla de Santa Eulalia (posteriormente Fabra i Puig) previó una plaza justo al lado de la iglesia nueva de Santa Eulàlia de Vilapicina y al inicio de lo que sería el paseo del Manicomio (posteriormente Doctor Pi i Molist). Allá también desembocaba el camino Antiguo de San Acisclo (después Mariscal Joffre, luego Borbón y actualmente Els Quinze). En 1917 ya perteneciendo a Barcelona tras la agregación de 1897 la futura plaza se concibió como un nudo de comunicaciones, por lo que se decidió modificar el proyecto y ubicarla justo detrás de la masía de Can Sitjà en terrenos de la finca de la Torre dels Anglesos. Ello permitiría la llegada de la calle de Bach de Roda (posteriormente Felip II).


El 20 de febrero de 1931 se inauguró la urbanización y dos años después, el 16 de noviembre de 1933, fue bautizada como plaza de Salvat Papasseit. De este modo se decidió homenajear al poeta, ensayista, periodista y escritor fallecido prematuramente el 7 de agosto de 1924 a los 30 años de edad. No se puede negar la existencia de cierta vinculación de este personaje con el barrio, pues cuando él enfermó de tuberculosis en 1922 residió temporalmente en el número 51 de la calle de Can Pujolet, en la Font d’en Fargas, entonces núcleo perteneciente a Santa Eulàlia de Vilapicina.
Terminada la Guerra Civil el régimen franquista revisó el nomenclátor barcelonés con el propósito de eliminar cualquier personaje o elemento contrario a la ideología de la dictadura. Ello afectó al nombre de la plaza, pues Joan Salvat Papasseit reunía todos los ingredientes para ser borrado: simpatizante de idearios anarquistas, socialistas y anticlericales, además de catalanista radical. Por este motivo el 6 de mayo de 1941 la plaza fue rebautizada como Virrey Amat en recuerdo de Manuel d’Amat i Junyent (Vacarisses 1704 - Barcelona 1782), militar, gobernador de Chile (1755-1761) y 31º virrey del Perú (1761-1776). Su linaje nobiliario, su gestión administrativa, académica y económica en el continente americano, así como su clara afinidad hacia la monarquía borbónica lo convertían en un personaje cómodo, coherente, unívoco, incontestable y armonioso en el nuevo contexto político del país. Su legado más representativo es el palacio que mandó construir en la Rambla conocido como Palau de la Virreina, erigido entre 1772 y 1778, declarado bien cultural de interés nacional en 1941 y actualmente sede del Institut de Cultura de Barcelona. Aunque jamás tuvo vinculación con el barrio, su sobrino Rafael d'Amat i Cortada Senjust, barón de Maldà, hizo numerosas estancias en la masía de Can Sitjà, a la que llamaba Col·legi de la Bona Vida. En su diario personal Calaix de Sastre describe tanto la casa como el territorio.


El poco tiempo en que la plaza se llamó Salvat Papasseit (sólo 7 años, 5 meses y 20 días) hizo que enseguida los vecinos se olvidaran progresivamente de la denominación original. Si a ello sumamos la llegada de nueva población procedente del resto de España a partir de los años 50 y su descendencia el personaje quedó completamente enterrado de la memoria histórica. A partir de los años 50 y durante los años 60 y 70 grupos clandestinos procedentes del catalanismo y el independentismo empezaron a reivindicar la figura de este literato autodidacta, popular y vanguardista y a difundir su obra. Ya en democracia, a principios de los años 80 surgió un tímido movimiento a favor de restablecer la denominación original de la plaza, incluso en las paredes de los edificios hubo pintadas realizadas con plantilla que indicaban “Plaça Salvat Papasseit”. Ello no tuvo la trascendencia deseada, pues posiblemente se consideró que la aprobación el 9 de mayo de 1980 del nuevo "Passeig de Salvat Papasseit" en la Barceloneta, barrio donde llegó a residir y que le inspiró algunas de sus obras literarias, compensaba y restituía sobradamente la figura de este personaje de la literatura catalana, a la vez que se evitaba una duplicidad. Aunque la llama del sentimiento de restaurar el nombre original de la plaza nunca se apagó no fue hasta la actualidad que se produjo el empujón definitivo. Para ello, coincidiendo con el centenario de su muerte se creó la plataforma Restituïm, liderada por un grupo de vecinos del distrito de Nou Barris unidos y organizados para lograr este propósito.


Merece resaltar cómo algunos medios de comunicación y formaciones políticas hablan de vestigio o de nombre franquista. Esta afirmación es falsa, pues Manuel Amat i Junyent fue un personaje del siglo XVIII y por consiguiente no es posible asociarlo a algo que todavía no existía. Sí se puede afirmar que se trata de un nombre impuesto durante dicho período. Ocasionalmente se confunde el régimen con la ideología, es decir, no todo lo realizado durante el franquismo es franquista. Para llevar la petición al el Plenario de Nou Barris era necesario un aval mínimo de 800 firmas, lográndose un total de 1.440 de las cuales fueron validadas 1.276. ¿Significa que la mayoría de vecinos apoya el cambio de nombre? ¿Lo tuvo realmente cuando la plaza de Llucmajor pasó a ser la plaza de la República? Algunas fuentes aseguran que no, pero sin embargo eso es algo que difícilmente se podrá demostrar al no haberse hecho una encuesta o una consulta popular. Muchas veces las victorias son de las minorías que aprovechan la pasividad y el conformismo de las mayorías silenciosas las cuales, a pesar de su oposición, no ven necesaria la movilización. Se dice que la propuesta ha nacido de razones populares e históricas, pero no nos engañemos, aún así la revisión y cambio de nombres del nomenclátor siempre se debe a motivos políticos y partidistas tanto por activa como por pasiva, pues la historia la escriben y la imponen los vencedores. En este sentido, en dictadura y en democracia la memoria histórica que tanto se reivindica contiene en mayor o menor medida memoria selectiva, fomentando lo que interesa y encaja con el discurso "oficial" y minimizando o borrando lo que no conviene. Basta con estudiar la evolución odonímica de la ciudad de estos últimos 150 años para cerciorarse de esta realidad.


Las razones ideológicas resultan obvias y la plaza del Virrei Amat en cuestión es un ejemplo que no se escapa. Desde hace algunos años las alcaldías de Barcelona han aprovechado su mayoría representativa para poner en marcha un proceso de exterminio progresivo de toda denominación relativa a monarcas y a religiosos. ¿Es necesario que para reivindicar y dignificar a unos personajes los cuales nadie niega su derecho a ocupar un espacio público en la ciudad se haga a costa de defenestrar o demonizar a otros como si de una acción revanchista se tratara?
Si bien en 2024 la propuesta se desestimó alegando duplicidad al existir el paseo de la Barceloneta, finalmente en este 2026 hubo un cambio de actitud que llevó a su aprobación. El siguiente paso es que el Ayuntamiento de Barcelona eleve la iniciativa a la Ponencia del Nomenclátor para dar el visto bueno. El proceso no se ejecutará de inmediato sino a lo largo de los próximos meses, pues más allá de una simple sustitución de placas callejeras deberán también cambiarse las señales informativas de orientación y la señalización de la red de transporte público.


Fotos: AHRNB, AMDNB, Archivo Pedro Díaz, Biblioteca de Catalunya, Jaume Vilardaga Ribera, Marius Serra.

viernes, 20 de marzo de 2026

60 años del concierto de Ella Fitzgerald y Duke Ellington en Barcelona


Se cumplen 60 años de la llegada de la cantante Ella Fitzgerald y del compositor y pianista Duke Ellington a Barcelona. Procedentes de Nueva York, “la Reina del Jazz” y “el Duque” aterrizaron a la capital catalana en el contexto de una gira europea organizada por el empresario norteamericano George Wein. Para ello debemos de remontarnos a los años sesenta, cuando el empresario barcelonés Joan Roselló adquirió el Bar Brindis, sito en la plaza Reial número 17, para convertirlo en una sala para conciertos de jazz. El local abrió sus puertas el 9 de enero de 1960 con la actuación de un quinteto liderado por el pianista Tete Montoliu y fue bautizado como Jamboree Jazz Club, palabra que en la lengua de las comunidades zulús significa “reunión de tribus”. Llegados al sexto aniversario de la sala se pensó que la mejor manera de celebrarlo sería mediante un gran concierto con los mejores referentes de género jazzístico mundial del momento. Por este motivo se pensó en Ella Fitzgerald y Duke Ellington, considerados grandes renovadores del género, aprovechando su tour por el continente europeo.


Años atrás se había planteado traer a la mítica cantante a Barcelona, pero el caché que ella pedía lo impidió. Sin embargo, el hecho de disponer de los medios económicos para invitarla a actuar sumado a la creciente afición por el jazz lo hicieron propicio. Tras las gestiones pertinentes con el promotor musical y productor Norman Granz y habiendo acordado fecha de llegada, fue entonces cuando Joan Roselló le pidió a la cantante Nuria Feliu, la cual actuaba a menudo con el pianista Tete Montoliu y ejercía de presentadora en los conciertos de la sala, que hiciese de anfitriona de los dos artistas estadounidenses recibiéndolos en el aeropuerto del Prat con un “Welcome to Barcelona” y un ramo de flores. Finalmente la mañana del martes 25 de enero de 1966 el avión de la compañía Pan American procedente de Nueva York aterrizó en Barcelona. Nuria Feliu, que no sabía inglés y estaba nerviosa por la emoción del acontecimiento, se quedó en blanco y le dio el ramo a Ella Fitzgerald diciéndole: “Tingui”. Allá en el aeropuerto estuvieron también presentes el cónsul de los Estados Unidos, John W. Ford, así como un grupo de aficionados que los recibieron con una pancarta de bienvenida. También bajaron del avión la esposa de Duke Ellington y los miembros de la orquesta. Se contabilizaron cincuenta maletines, dos baúles y varios bolsos de viaje. Un taxi los llevó al Hotel Ritz (actual Palace), donde se alojaron.


En el mismo día se celebraría el esperado concierto, en realidad dos, uno a las 19:00h y el otro a las 23:00h en el Palau de la Música. Poco antes de la actuación hubo una breve sesión fotográfica. Ella Fitzgerald no se mostró muy predispuesta a dejarse retratar, mucho menos con “flash”, ni a ofrecer largas entrevistas. Se comentó que no estaba de muy buen humor porque había perdido un alfiler de oro y porque a su llegada al aeropuerto un fotógrafo, seguramente un aficionado y no un periodista, le había soltado un piropo ofensivo.
A modo de curiosidad, mencionar que en el programa del concierto se indicaba, textualmente: “Se pone en conocimiento del público que Duke Ellington y Ella Fitzgerald no llevan un programa estudiado. Su actuación se acopla al ambiente y a las peticiones del público, por lo que resulta del todo imposible (y es su norma) establecer un orden para los números a interpretar”.


Ella Fitzgerald actuó junto a Duke Ellington, cuya orquesta estaba formada por él mismo (como director, arreglador y piano), Mercer Ellington (arreglador y trompeta), Cat Anderson (trompeta), Herbie Jones (trompeta), Cootie Williams (trompeta), Lawrence Brown (trombón), Buster Cooper (trombón), Chuck Connoers (trombón bajo), Johny Hodges (saxo alto y soprano), Russell Procope (saxo alto y tenor), Paul Gonsalves (saxo tenor), Jimmy Hamilton (saxo tenor y clarinete), Harry Carney (saxo barítono), John Lee Lamb (contrabajo y violín) y Sam Woodyard (batería). También estuvo presente el trío de Jimmy Jones, formado por él mismo en el piano junto a Joe Benjamin (bajo) y Roy Haynes (batería). Las actuaciones terminaron con una gran ovación del público hasta el punto que Duke Ellington comentó, textualmente: “Jamás sospeché que nos dedicaran una acogida tan cordial y mucho menos que entendieran de jazz de la forma que lo han demostrado. Digo, sinceramente, que ha sido Barcelona donde he visto el público más entusiasta. Cuando aplaudían al trompeta Cootie Williams me ha dado la impresión de que estaba en una plaza de toros y todo el mundo pedía la oreja, el rabo y las patas para el matador”. La experiencia, presupuestada en algo más de un millón de las antiguas pesetas, fue rentable.


Al siguiente día Ella Fitzgerald y Duke Ellington, el cual fue obsequiado con una estatuilla del torero Manuel Díaz “El Cordobés”, cinco corbatas de seda natural y seis botellas de coñac, tomaron el avión hacia Francfort donde actuarían una noche y desde allí volaron hacia Londres donde permanecerían tres días. El gran éxito de público de los dos conciertos motivó a Joan Roselló a crear poco después el Festival de Jazz de Barcelona, el 3 de noviembre de ese mismo año con cinco conciertos en los que participaron Dave Brubeck Quartet, Max Roach Quintet y Sonny Rollins, Bud Freeman con Alex Welsh Orchestra, los Uptown Swing All Stars (con Milt Buckner, Roy Eldridge y Illinois Jacquet, entre otros), y un programa doble con el Tete Montoliu Trío y el Stan Getz Quartet y Astrud Gilberto.


Tras la aparición de una figura decisiva y fundamental como fue la de Tete Montoliu, los conciertos de Ella Fitzgerald y Duke Ellington de 1966 en Barcelona supusieron, sin duda, el despegue definitivo del jazz en la capital catalana y la ubicación de la ciudad en el mapa internacional recuperando e incluso superando su antigua categoría de epicentro de este género que tuvo en los años 30. Desde entonces tanto la proliferación de artistas jóvenes o debutantes como la presencia de artistas consagrados nacionales e internacionales, así como la apertura de salas de concierto, la organización de festivales y la creación de escuelas de música moderna y jazz ha sido una tónica imparable hasta la actualidad.

Fotos: Arxiu Fotogràfic de Barcelona, Biblioteca de Catalunya, Carlos Pérez de Rozas, Cifra, CEDOC, Festival de Jazz de Barcelona, Francisco Gallés Miquel.