domingo, 25 de octubre de 2009

¿Métodos de la vieja escuela? No gracias

Se habla últimamente acerca de los problemas que padece el sistema educativo en nuestro país, debidos tanto por la baja calidad de la enseñanza como por la indisciplina dentro de las aulas. Indiscutiblemente, dicho sistema educativo español en general y catalán en particular es de los peores de Europa. Y eso es algo que a mí, particularmente, no me sorprende.
En la comunidad de Madrid, la presidenta Esperanza Aguirre pretende arreglar las cosas mediante la mano dura de la vieja escuela. Es decir, que el profesorado tendrá la categoría de autoridad policial y ante cualquier incidente, la palabra del maestro tendrá siempre prevalencia sobre la del alumno. Admito que realmente hay alumnos conflictivos que son para “darles de ostias”, pero la paz, el orden, el respeto, la obediencia y la aplicación no deben de ganarse mediante la ley del garrote.
En el momento de publicar este escrito, mi edad es de 38 años, es decir, que pertenezco a una generación que llegó a vivir las últimas reminiscencias de la vieja escuela, y no es precisamente algo agradable. Los ocho años de EGB los cursé en un colegio público cercano a mi domicilio y que no voy a nombrar para evitar parecer que hago una campaña de desprestigio hacia este centro, hoy día muy diferente a lo que fue, afortunadamente. Fueron ocho años de “bulling” tanto por parte de algunos profesores como por parte de una serie de compañeros de clase. Tampoco diré nombres de nadie pero si alguna vez llegan a leer esto tal vez se sientan aludidos. Lo siento pero deben de entenderlo porque fueron tiempos que formaron parte de mi vida. Yo puedo perdonar los daños recibidos, especialmente si ellos alguna vez tuviesen la nobleza de disculparse y mostrar arrepentimiento, pero nunca olvidar. Son una clase de heridas que en realidad nunca terminan de cerrarse. Siempre queda algo.
La propuesta de Esperanza Aguirre es letal. En primer lugar, porque los alumnos conflictivos no se verán afectados, ya que la mano dura no les hará cambiar su manera de ser. Yo recuerdo en mi colegio como los gamberros de la clase lo fueron siempre, desde primero hasta octavo curso. Algunos de ellos llegaban a acostumbrarse a ser pegados por los profesores, hasta el punto de que ya ni siquiera lloraban. Se volvían insensibles y aquello no era otra cosa más que un trámite momentáneo por el cual tenían que pasar. Y en segundo lugar, porque los alumnos más sensibles y bonachones lo padecerán mucho y para ellos ir a la escuela se convertirá en ir a un infierno diario. Serán la parte más fina de la cuerda que se rompe al estirarla. Se darán muchos casos de injusticia, ya que al pretender que prevalezcan los argumentos del profesor, representará que este siempre tendrá la razón aunque esté equivocado, lo que dejará a los alumnos indefensos, desprotegidos y desamparados.
En mi escuela eran muchos los profesores que en base a esta superioridad preestablecida abusaban de su autoridad. Solucionar las cosas a base de gritos y garrotazos estaba al orden del día. Era la política del miedo, con espíritu militarista. El problema añadido era que, además, se inculcaban y se asimilaban valores equivocados. No se estimulaba la autoestima y el afán de esfuerzo y superación. Cuando un alumno sacaba buenas notas era porque era superior, más inteligente y capacitado. Sin embargo, cuando un alumno era un zoquete, no se analizaban las causas de su bajo rendimiento y desinterés. En vez de animarle, darle una atención personalizada, hablar con él sobre sus problemas desempeñando un papel de psicólogo, hacerle ver que nadie es superior a nadie y que todos tenemos nuestras virtudes con las que sacar buen provecho en la vida, el profesor se limitaba a humillarle delante de la clase, a decirle que era un tonto, un inútil, un incapacitado, un holgazán que no servía para nada ni sabía nada, un ser inferior en definitiva con respecto a los empollones. Ello generaba en el alumno timidez, complejos varios, inseguridad y una desvalorización progresiva así como pérdida de autoestima, aparte de llegar a ser objeto de burla de algunos compañeros de clase, con lo cual se reforzaba todavía más la idea de que valía poco o nada. En definitiva, apología del miedo, de la violencia, de la venganza, del autoritarismo y del clasismo social.
Los mejores maestros que tuve, y a ellos sí que los nombraré porque se lo merecen, con sus cualidades y sus defectos, porque sé que eran buenas personas y se preocupaban por sus alumnos: al señor Ramón de 1º curso, la señorita María Frutos de 3º curso, a la joven e ingenua señorita Marta de catalán de 4º curso (a la que nadie hacía caso), a la señorita Felicitas de 5º curso (llamada por todos como “la Feli”), a la señorita Conchita de religión de 5º curso, a la señorita Montse de sociales de 7º y 8º curso, al señor Marco de matemáticas de 7º y 8º cursos, y sobre todo al señor Antoni Marí de catalán de 6º curso y francés de 8º curso que fue, sin duda alguna, en muchos aspectos, el mejor de todos. Algunos de ellos todavía viven y otros no, pero se encuentren aquí o allí vaya para ellos los mejores de mis recuerdos y mis más entrañables sentimientos.
Al resto, prefiero no citarlos a pesar de no guardarles rencor. Tal vez creían de buena fe que la manera de hacer su trabajo era la correcta para el bien del alumnado. Al menor prefiero pensarlo así. De ellos recuerdo muchas cosas: de la señorita D. de 2º curso con la que aprendí a dividir a base de cachetes; del señor B. de 4º curso que tenía afición a que te apuntaras a la pizarra y llamarte holgazán (de tanto en tanto salía fuera de clase a escupir un sipiajo en un pequeño desagüe situado al lado del aula); de la señorita M. de catalán de 5º curso, sus castigos escritos y sus negativos; del señor J. de matemáticas de 6º curso que atemorizaba a quienes no sabían hacer el sistema métrico decimal; de la señorita P. de 6º curso, que se pasó el año humillándome por mi timidez, riéndose de mí y tratándome como una mierda (en 7º curso algo le sucedió que no daba golpe hasta que fue expulsada del colegio); de la inefable señorita MCB. de ciencias naturales de 6º, 7º y 8º, que antaño se hacía llamar “la sargento” y advertía del mal genio que tenía (aunque yo me pasé sus clases riéndome solo); y de la también inefable señorita A. de lenguaje de 7º y 8º, una pobre mujer resentida, depresiva y amargada de la vida, que disfrutaba escarmentado y suspendiendo a la gente, y siempre que entraba en clase se quejaba de alguna cosa, la alegría de la huerta.
Son muchísimas las anécdotas que podría contar de mis ocho años de estancia en este colegio, incluyendo el acoso de algunos compañeros de los que sufrí insultos, amenazas, robo de pertenencias (lápices, gomas, compases, reglas…), vandalismo (rotura de tus pertenencias), humillaciones y agresiones, e incluso tener que fingir ser tonto e inútil para no recibir la paliza de algún abusaenanos. Dos de ellos destacarían: un tal M.A.O.F. de quien nos reíamos sus payasadas en clase pero que de tanto en tanto tenía el capricho de pegarme sin motivo aparente; y un tal F.J.M.P., el empollón de la clase, un pelotas odiado por la mitad de la clase y un excelente prototipo de neofalangista, que por su mentalidad y trato que recibías de su parte hubiese sido digno sucesor de alguna formación política ultraderechista.
Sin embargo, tengo muy buenos recuerdos de la mayoría de compañeros de clase, afortunadamente, los cuales fueron testigos de mis sufrimientos y yo de los que ellos padecieron porque no fui la única persona acosada en diversas ocasiones. Así, un entrañable recuerdo y vaya también para ellos un cordial saludo. Todos/as nosotros/as somos testigos de unos tiempos que jamás deben de volver a repetirse.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Memorias de un cinéfilo de estreno I: presentación

Damas y caballeros amantes del séptimo arte, amigos y amigas del alma: finalizada la anterior serie dedicada a los cines de barrio y de reestreno, ahora tengo el gusto de presentaros la nueva serie dedicada a los cines de estreno que han formado parte de mi vida desde mi infancia hasta la madurez. Sin embargo, lo que voy a narrar de ahora en adelante serán unas historias diferentes a las contadas hasta el momento, tal vez un poquito menos entrañables y simpáticas, sencillamente porque la historia de un cine de estreno del centro de Barcelona nunca puede ser igual a la de un cine de reestreno de barrio. Se trata de otra clase de público, de otra clase de películas, de otro espacio geográfico y de otro tipo de locales de proyección. Y como consecuencia, han incidido forzosamente de manera diferente en la vida personal desde una perspectiva psicológica, emocional, formativa e incluso (por qué no) espiritual. Pero ello no significa que no se puedan contar anécdotas divertidas e interesantes, pues de todos aquellos locales cinematográficos que han formado parte de tu vida siempre queda aquel regusto tan especial único e irrepetible.

Las salas de estreno de Barcelona se han ubicado en su gran mayoría (salvo excepciones) en el casco antiguo y en el sector de l’Eixample. De allí nacieron los primeros llamados cinematógrafos, también llamados elegantemente salones de cinematografía. Hay constancia de que en la plaza de Catalunya, en el año 1895, se hicieron las primeras exhibiciones del Kinetoscope de Edison. En el año siguiente el cine llegó oficialmente en Barcelona por obra y gracia de Antonio Fernández, un fotógrafo de origen manchego apodado profesionalmente como Napoleón. Su local estaba ubicado en la Rambla.


Entrados en el nuevo siglo XX, proliferaron nuevas salas cinematográficas más estables y de nueva generación con un confort y unos medios técnicos superiores a los primitivos locales de finales del siglo XIX. Además, enseguida tuvieron un notable éxito de público debido a que se trataba de una innovación tecnológica, de una nueva forma de ocio y entretenimiento, y con la ventaja de que la entrada era más barata que el teatro y la oferta era cuantiosa en cuanto a variedad de películas se refiere. Ello llegó a hacer temblar a los propietarios de los teatros, los cuales creían que se trataba de una competencia que llegaría a hundirlos. Si en 1909 había entre cuarenta y cincuenta cines, en 1915 se superaban los 130.

Después del certamen de la Exposición Internacional de 1929 se abrieron nuevas salas de cine que alternaban la exhibición de películas con espectáculos de varietés, como circo, ópera, bailes, conciertos, cantantes, actuaciones de cómicos y magos, etc. En 1930, el cine Coliseum estrenó la primera película sonora con gran éxito de público y veintiuna semanas en cartel: “El desfile del amor”. Durante los años de la Segunda República, abrieron nuevas salas de cine de moderno diseño funcional inspirado en la arquitectura racionalista, que rompieron con los clásicos diseños anteriores. Terminada la Guerra Civil, bajo el régimen franquista, las salas de cine continuaron exhibiendo películas y además se abrieron nuevas salas a pesar de los problemas económicos de la posguerra. Las antiguas salas clásicas de principios de siglo fueron cerrando sus puertas para dar paso a cines más modernos.

La cadena de cines de la empresa Balañà llegó a ser la más importante de la ciudad, siendo su época de gloria durante los años sesenta y setenta, disponiendo de las mejores salas de estreno, más confortables y pioneras en avances tecnológicos para proyecciones cinematográficas. Fueron los tiempos de las grandes salas denominadas cinerama o vistarama, con unas pantallas notablemente más grandes que las de un cine convencional. También llegaron mejoras en el sistema de sonido. A partir de la década de los sesenta abrieron los primeros cines de arte y ensayo, donde se proyectaban películas menos comerciales, minoritarias o “alternativas”. En los años setenta, algunas de las viejas salas del centro de Barcelona quedaron anticuadas y terminaron por cerrar por falta de rentabilidad comercial. Vino la crisis del cine que se prolongó durante los años ochenta e incluso se hablaba de que todas las salas de cine de Barcelona cerrarían para siempre. En dicha década, para ganar público, se apostó por la reconversión de las grandes salas cinematográficas en multicines, de manera que en un solo local se multiplicaba la oferta de películas. Un nuevo sistema de atracción de usuarios fue el llamado “día del espectador” que ofrecía un día a la semana un precio reducido de la entrada.

Paralelamente, durante la misma década de los ochenta algunas salas de cine se convirtieron en “salas X” de exhibición de películas porno, hoy día todas cerradas por la competencia de los sex-shop y el fácil y económico acceso a los videos/DVD y a Internet. Durante los años noventa, abrieron multisalas por los barrios periféricos de Barcelona y en las ciudades del extrarradio, muchas de ellas integradas en grandes superficies comerciales y centros de ocio. Actualmente, prácticamente la totalidad los cines de Barcelona son de estreno, pero numéricamente no son precisamente muchos los que hay abiertos. La mayoría son multisalas y las antiguas salas únicas que todavía quedan abiertas tenderán a desaparecer o a reconvertirse si quieren subsistir.

Brevemente resumida la historia del cine de estreno en Barcelona, y repescando el hilo anterior, deciros que en el presente blog voy a hablar de aquellos cines de estreno en los que he asistido asiduamente o solo en alguna esporádica ocasión, tanto actuales como desaparecidos o reconvertidos. Hago especial referencia a los cines ABC, Alcázar, Aribau, Aribau Club (antes Dorado y Club Doré), Astoria, Atenas, Bailén, Balmes, Bosque, Capitol, Cataluña, Club Coliseum, Coliseum, Comedia, Fantasio, Florida Cinerama, Lauren Universitat (antes Pelayo y Petit Pelayo), Maryland, Novedades, Palacio del Cinema (antes Pathé Palace), Regio Vistarama Palace, Savoy, Tívoli, Urgel, Vergara y Waldorf. De manera conjunta, en un solo capítulo haré mención de las actuales multisalas, de las cuales prácticamente no hay historia y distan muchísimo de tener aquel sabor tan especial que la gente cinéfila conoce.
Así que, damas y caballeros, amigos y amigas, suban de nuevo al tranvía 48 y viajen por la nueva ruta que os descubrirá la historia, las anécdotas y las vivencias de los cines de estreno.