
Autor de novelas sólidas, seguras, bien explicadas, bien estructuradas y bien argumentadas, a menudo usando un riquísimo vocabulario formado por un sinfín de términos desconocidos para la mayoría de ciudadanos, incluso llegándose a dar el caso de profesores en lengua y literatura castellana que terminaban por recurrir al diccionario para comprender el significado de algunos términos.
Ha sido también autor de obligada referencia para estudiantes de bachillerato y enseñanza secundaria así como universitaria especializados en filología y humanidades. Tuve el placer de leer “El camino”, “Las ratas” y “Los santos inocentes”, siendo está última la obra que más me gustó por el perfecto reflejo hiperrealista de la España rural y profunda y el inmenso repertorio de un vocabulario para mí desconocido. Cada libro suyo, por su complejidad y por la manera tan amorosa en que ha sido forjado y trabajado, constituye una auténtica obra de ingeniería aplicada a las letras.

Hombre noble, hospitalario e inteligente para quienes le conocieron en persona, fue también una persona sin prejuicios. Así, por ejemplo, no tuvo reparo alguno en que algunas de sus novelas fuesen traducidas al catalán, incluso se cuenta la anécdota de que llegó a pedir que le leyesen en voz alta un fragmento de una de sus obras porque quería escuchar como sonaba en dicha lengua. Por lo visto, quedó satisfecho.
Solo desear que su muerte, que no ha sido en vano por todo a lo que ha contribuido a su paso por este mundo, sirva también para reconciliarse con la lengua castellana que tan mal se emplea a nivel popular y de la que tantas obras mediocres se han escrito por parte de escritores comerciales, y para concienciarse de que absolutamente todas las lenguas de nuestro país son un excelente canal de comunicación de igual valor patrimonial cuyo debido uso contribuyen a la culturización y al enriquecimiento, siendo absurdo el desprecio de cualquiera de ellas.
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