sábado, 7 de agosto de 2010

Nuestro turismo nietzscheano

Estamos en pleno verano. Hace Sol y calor. Es tiempo de comer helados y ensaladas y beber refrescos. A menudo apetece hacer un viaje, pasar el día fuera, irse de vacaciones o acercarse a la playa. Nuestra ciudad se vacía y los lugares de interés turístico se masifican. Es tiempo de turismo. El negocio más rentable del mundo y a su vez hortera, ridículo, penoso y patético del siglo XX y del XXI está en auge y se encuentra en su zenit: es el turismo.
En Semana Santa, verano y Navidad damos la bienvenida al negocio del siglo, si bien ya es constante a lo largo de todo el año. El dinero fácil llama a nuestra puerta. Los profetas del capital viene a traernos una buena nueva: vienen los turistas y van a dejar mucho dinero, nuestro alimento y maná del homo economicus. Monumentos y muesos se ponen guapos y a punto para recibir visitas. La Rambla de Barcelona se transforma y deja de ser catalana para parecer exactamente el extranjero. La Rambla tradicional “dels ocells” y “de les flors” muere y se convierte en un paseo donde transitan a millares personas de todas las clases, de todas las razas y de todas las cataduras. Incluso el olor del aire es distinto, muy parecido al de las ciudades más cosmopolitas del mundo, es decir, a mantequilla de cocina fast-food. La globalización ha aterrizado. Y aquí, nosotros, a pesar de ser tan defensores lo que es nuestro y ser tan críticos con el sistema, hemos decidido sin darnos cuenta globalizarnos antes de que nos globalicen por la fuerza.
Abrimos la temporada del mayor espectáculo del mundo: el turismo. Nada con una estética tan hortera, ridícula, penosa y patética ha sido capaz de generar tanto beneficio sobre un territorio. El ejemplo se encuentra en Salou donde, ante la crisis, puñalada: unos cuantos autocares llenos de jóvenes anglosajones dispuestos a emborracharse, a hacer jarana hasta la madrugada y a pasárselo en grande durante un fin de semana lo arreglan todo. Luego, a rodar la calderilla. Si la bossa sona la bossa és bona. ¿Crisis? ¿What crisis?

Dicen que hay demasiados turistas en la ciudad. Ante esta queja ciudadana, un cronista de Barcelona dio a entender que quien afirma esto se debe a sus prejuicios xenófobos. Una vez más, caemos en el síndrome del etiquetaje para quienes piensan distinto o tienen diferencias con las políticas municipales de ciertos partidos.
La calidad de nuestro turismo merece un repaso.
La gente es muy variada y heterogénea. Siempre han sido motivo de risa aquellos “guiris” que se pasean desvergonzadamente y sin complejos con camisas de flores, sobreros de paja y chanclas o sandalias con calcetines. Jamás entenderé como gente procedente de países presuntamente más avanzados que el nuestro tenga un gusto tan pésimo y ridículo a la hora de vestir. Soy consciente de que no se debe caer en tópicos ni generalizar tomando la parte por el todo. Hay que valorar quienes vienen a nuestro territorio interesados de verdad por nosotros y por nuestra tierra para que se lleven el mejor recuerdo posible, y tratarlos humanamente tal y como se merecen. Sin embargo, es de lamentar el turismo de borrachera de quienes vienen solo a nuestra tierra a hacer sus deposiciones. Eso es muy triste no solo por el acto en sí de quienes se emborrachan y ensucian, sino porque ello refleja la imagen y la fama que nuestro país tiene en el extranjero, es decir, de estado incívico donde cada uno puede hacer lo que le dé la gana sin problema alguno. El contenido de nuestra ciudad o país les importa un comino. Aunque la Sagrada Família cayera por las obras del túnel del AVE, vendrían igual y para ellos carecería de importancia.

La gastronomía turística es deleznable. Barcelona, Cataluña, España, el Mediterráneo... donde mejor se come del mundo, donde el deleite de cada plato se convierte en un placer del Cielo traído a la Tierra, fomenta para los allegados la comida basura más variada a precios competitivos. Los establecimientos de McDonald’s, Doner Kebab, Dunkin Donuts y Kentuky Fried Chiken proliferan como champiñones. Muchos turistas recorren miles de kilómetros para terminar comiendo lo mismo que se encuentra al lado de sus casas en vez de probar nuestra excelente y variada cocina. Otros solo prueban lo más típico que es la paella, pero no una paella bien hecha como Dios manda. La ridícula e hilarante imagen de turistas ingleses y alemanes descamisados y rojos de piel como una gamba por las quemaduras del Sol zampándose una paella de arroz pegado acompañada de litros y litros de sangría o de unos tanques de cerveza abunda por las terrazas de las calles más céntricas de la ciudad.
Los souvenirs representan un mundo singular. No hay nada más hortera que los recuerdos que se venden en las tiendas de souvenirs. El sombrero de paja, el toro en miniatura, las banderas catalana y española, las camisetas del Barça o del Real Madrid, los balones, las postales, los libros de fotos, la guitarra, la muñeca de la sevillana, los pins, las “Sagradas Familias” de resina, el plato y la tacita ornamentada son algunos ejemplos de nuestras joyas a ofrecer.
La arquitectura, los museos y los monumentos serían tal vez el aspecto más positivo. Sin embargo, el fenómeno del turismo ha llegado a pervertirlos de tal modo que han conseguido “aburrirlos” al ciudadano autóctono. Así, por ejemplo, podemos encontrar a gente que odia a Gaudí y al modernismo debido al uso y abuso que se ha dado. De algún modo, la gente ha llegado a cansarse de los tópicos que identifican a la ciudad porque son excesivamente repetitivos: Colón, la Rambla, la Sagrada Familia, el Park Güell, el Camp Nou… Inicialmente, con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992 la ciudadanía barcelonesa se enorgulleció del auge del turismo y de que tal acontecimiento abriera la ciudad al mundo. Ahora, parece que se ha llegado a un estado de embriaguez y de pesadez.

Nuestro turismo es, además, clasista, pues hay preferencias y privilegios para quienes nos visitan ante quien es nativo. Nada más basta con ver la oferta que dispone un turista con respecto a la de un ciudadano barcelonés. El turista, tanto si es ejecutivo y empresario como si es de borrachera, puede llegar a adquirir la “moral del señor” y expresarlo mediante el egoísmo, la fuerza y el orgullo propio. El ciudadano autóctono, en cambio, solo puede adquirir la “moral del esclavo” y expresarlo mediante la compasión, el servicio, la obediencia, la paciencia y la humildad. En verano, mientras la red de transportes reduce su servicio y puedes estar una eternidad esperando en la parada del autobús, el Barcelona Bus Turístic tiene un recorrido excelente por toda la ciudad y una frecuencia de paso de tan solo 5 minutos. El Telefèric de Montjuïc es solo un transporte de finalidad turística, con una tarifa elevada no apta para muchos bolsillos. Mientras el patrimonio histórico y arquitectónico de interés turístico ha sido rehabilitado y preservado, el resto corre peligro de desaparecer y solo una parte ha podido salvarse gracias a las constantes luchas vecinales. En Ciutat Vella, mientras una parte de su población vive en la miseria y apenas recibe ayudas sociales, y otra sufre “mobbing inmobiliario” para que se vayan de sus barrios, la rehabilitación de viejos inmuebles y la construcción de nuevos se destinan sobre todo a turistas, que pasan a tener preferencia sobre sus antiguos habitantes. Y aparte deberíamos de sumar los nuevos hoteles y apartamentos surgidos así como centros de ocio en detrimento de equipamientos culturales y sociales. Algunos de estos hoteles, como el de Miramar, en Montjuïc, han llegado a “privatizar” espacio público. Otros hoteles, por su arquitectura, han contribuido a afear nuestro paisaje, sobre todo en la costa catalana. El municipio de Lloret de Mar es un claro ejemplo de degradación del paisaje. ¡Si Josep Pla levantara la cabeza! Y muchos más ejemplos se podrían exponer.

Ese es nuestro turismo nietzscheano, pero no tenemos derecho a quejarnos porque seremos tachados de xenófobos. Como da mucho dinero, debemos de callar ante todo aquello que repercuta en un beneficio económico, sea bueno o malo, pues ante lo que nos da riqueza no existe ni el bien ni el mal. Lo único que importa es alcanzar el llamado “valor” a cualquier precio, no hay que juzgar el método porque si da resultado nos ayudará a nuestras metas. Hemos terminado por depender de ese turismo hasta tal punto que sin él, muchos creen que ni nosotros ni nuestro territorio no seríamos nada. Existe un miedo generalizado en canalizar la economía por otras vertientes hasta diversificarla y regular a los turistas. La mayoría lo odia pero nadie se atreve a deshacerse de él o de modificarlo.
El turismo actual está definido como una herramienta, como un Übermensch de Nietzsche cuyo propósito es poder superar un presunto nihilismo que la sociedad padece para imponer un nuevo sistema de valores que nos ayudarán a alcanzar lo que denominamos “valor”. ¿Nuestro turismo es hortera, ridículo, penoso y patético? No importa, pues eso son solo cualidades, pasiones o emociones fuertes como amar o asesinar, igualmente útiles para alcanzar la meta.

1 comentario:

Tomás Fernández Valentí dijo...

Buenos días, amigos:
Únicamente señalar que la horterada y el mal gusto imperan en la mayor parte del planeta en lo que a turismo se refiere. El año pasado un servidor estuvo haciendo turismo en un país, a mi entender, maravilloso como es Australia..., y a la hora de comprar "souvenirs" volví prácticamente de vacío, ante horrores como pieles de canguros desollados, escrotos de canguro convertido en llaveros y otras lindezas por el estilo, hasta el punto de que me conformé con mis propias fotos, y algunas chucherías inofensivas, creo, y un poco menos ofensivas, espero, como imanes para nevera en forma de Australia y unos pequeños koalas-pinza para mis amistades que tienen niños pequeños y que me parecieron mínimamente simpáticos. A lo cual debo añadir otros horrores como las postales con primeros planos de los genitales del David de Miguel Ángel que recuerdo haber visto en el viaje a Italia que hice siendo estudiante de C.O.U., o sea, hace mil años... Con todo ello pretendo decir que, por desgracia, el mal gusto y la horterada imperan en lo que al negocio del turismo se refiere a nivel mundial, como si la humanidad entera estuviera infectada de un extraño virus en virtud del cual cada país intenta vender su peor y más tópica, burda y chapucera imagen de sí misma frente a los demás. Un auténtico espanto. Recomiendo tan sólo viajar, libre de prejuicios, juzgar por uno mismo..., y sobre todo, procurar no entrar en ninguna tienda de "souvenirs" del mundo, por favor.
Un cordial saludo.