martes, 18 de noviembre de 2014

José Martín Moreno, el oficio reintegrado al arte


Recientemente he terminado de escribir un nuevo libro cuya publicación se prevé para principios del próximo año. Esta vez se trata de la biografía de un singular personaje residente en el distrito de Nou Barris cuya gran vocación artística ha sido la escultura: José Martín Moreno.
Si repasamos brevemente su biografía, este hombre hijo de padres murcianos nació en 1934 en la calle de las Torres, en el barrio de las Roquetes del actual distrito de Nou Barris. Padeció de muy niño el calvario de la Guerra Civil y la posguerra, por lo que especialmente su madre desempeñó un papel muy importante en su lucha para mantener a él y a sus otros seis hermanos, los cuales formaban un gran equipo. Debido a la miseria, se vio obligado muy pronto a abandonar la escuela y ponerse a trabajar para que en su casa entrara más dinero con el cual comprar comida y, en definitiva, sobrevivir. Al cumplir los 14 años de edad descubrió que en el barrio había un taller donde trabajaba un escultor a quien solía visitar, despertando así su vocación artística.


Era un tal Joan Jutges, el cual percatándose del entusiasmo de aquél joven, le preguntó si quería convertirse en su ayudante en el taller a cambio de recibir una pequeña remuneración. El futuro escultor aceptó de muy buen grato, empezando desde lo más básico, modelando y pintando durante todo el año figuritas del pesebre que luego vendía en la feria navideña de Santa Llúcia. Sin embargo, a pesar de que quiso estudiar en una escuela de arte, ello no fue posible debido a la extrema pobreza familiar, llegando a abandonar con gran tristeza el taller de su maestro y gran amigo escultor. Por ese motivo se dedicó a otros oficios hasta que alcanzó la categoría de soldador, ejerciendo en una fábrica del barrio de Sant Andreu, lugar donde también residió a los pocos años de contraer matrimonio. Fueron tiempos muy duros, pues la pareja tuvo primero una niña y después un niño que al cabo de muy poco tiempo fallecieron. Después tuvieron dos niñas y un niño que afortunadamente sí sobrevivieron.


Como soldador de oficio descubrió que la soldadura también se podía aplicar al arte. Su técnica consistía en trabajar directamente sobre el metal. Previamente hacía un dibujo al carbón, aunque a menudo comenzaba con una idea y terminaba con otra. Sobre un trozo de hierro o de acero inicial iba depositando pequeñas porciones de material fundido como si soldara, pero lo que en realidad hacía era modelar hasta que la figura adquiría el aspecto deseado. Para ello usaba una varilla de hierro a modo de pincel con cierta rapidez puesto que el metal se secaba enseguida. La mayor dificultad residía en trabajar equipado con una careta protectora, con un filtro de vidrio negro que impedía ver todo aquello que no fuera incandescente, ya que una mano la necesitaba para sujetar la careta y protegerse los ojos, y la otra para esculpir.
Su primera obra fue un busto del futbolista Ladislao Kubala que creó en los talleres de la empresa de Sant Andreu donde trabajaba, hecho que le valió disponer de un pequeño espacio propio a modo de taller artístico donde pasaba muchas horas desarrollando su arte.


Sus esculturas, vanguardistas pero siempre figurativas, expresan generalmente dolor y sufrimiento, plasmando en buena parte el drama y el sufrimiento imborrable de su infancia que siempre ha arrastrado. Entre sus obras destaca también muy a menudo la figura de la mujer, a quien le tiene una especial veneración por el recuerdo de su madre luchadora por sobrevivir durante la Guerra Civil y la postguerra. Otra especialidad son las maletillas por su afición a la tauromaquia. La calidad y originalidad de su trabajo lo catapultó a conocer a personajes famosos e influyentes de su época como Palomo Linares, Salvador Dalí, José María Bayona, Julio Trenas, Martín Ferrand, Anthony Quinn, Lorenzo Quinn, Jose Manuel Lara, Jordi Pujol, los reyes Juan Carlos y Sofía, Joan Abelló y Josep Maria Cadena. 


Gracias a los periodistas y críticos de arte Dalmau Viñas y Àngel Marsà a quienes tanto apreciaba por ser dos magníficas personas consiguió difundirse a través de los medios de comunicación y exponer en numerosas galerías de arte como la Tramontan y la Grifé & Escoda de Barcelona, y en municipios como Madrid, Begur y Roses. Entre sus obras, que suman sobre un centenar de piezas, destacan sus bustos a Salvador Dalí, Isabel Preysler, el príncipe Felipe y el abad Escarré, y esculturas de medio cuerpo o cuerpo entero como las de Jordi Pujol, Palomo Linares y Diana de Gales. Precisamente Salvador Dalí, de quien José Martín Moreno siempre aseguró que era un hombre muy sencillo y completamente distinto a la imagen excéntrica a la que estamos acostumbrados, aseguró que su técnica escultórica era única en el mundo.


En 1997, una operación ocasionada por un percance de salud le obligó a jubilarse contra su voluntad. Después de haber residido en el barrio de Sant Andreu y en Mollet del Vallès, regresó nuevamente al distrito Nou Barris al que nunca dejó de visitar y con el cual siempre mantuvo sus vínculos familiares y sentimentales, pasando a vivir en el barrio de Verdum.
Tras una entrevista a El Periódico de Catalunya en el año 2012 un compañero del Arxiu Històric de Roquetes-Nou Barris llamado Roberto Lahuerta, especializado en cines de barrio y en biografías de personajes destacados de Nou Barris se interesó por entrevistarle. Fue así cuando José Martín Moreno y yo nos conocimos en esta entidad y me propuso escribir sus memorias. Me pareció un reto bastante interesante porque quería tratar algo diferente como era una biografía. Por un lado, me atrajo el hecho de que él recordara con un detalle tan extraordinario sus vivencias y como habían sido los barrios del actual distrito de Nou Barris.


La descripción de aquellos espacios emblemáticos y de aquellos vecinos y comerciantes entrañables que sólo la gente sabe que han existido es de un valor que no tiene precio. Las personas a menudo pueden convertirse en un excelente recurso cualitativo de cara a confirmar o negar ciertos hechos de la historia aunque, inevitablemente, juegan los sentimientos y el punto de vista personal y subjetivo. Por otro, su contacto con personajes tan importantes e influyentes de su época que tanto lo valoraron y pretendieron estimular su proyección, creí que debía servir para demostrar que en un distrito habitado por gente de clase humilde como es Nou Barris también hay talento y personas de gran valía capaces de llegar muy lejos. Es en este sentido una forma de revalorizar los barrios de los que aún se cree que no hay ni historia ni interés.


Un pequeño resumen de su vida escrito por su hijo a modo de introducción y orientación sobre lo que ha sido su vida, un buen número de información gráfica aportada por el mismo escultor para entender su trayectoria artística, así como sus amenas y fluidas explicaciones que durante tantas semanas escuché y anoté en mi cuaderno, me ha servido para escribir este relato, redactado en primera persona con el fin de reforzar su protagonismo y plasmar mejor la fuerza de sus sentimientos y emociones.
Reconstruir su biografía ha sido, en definitiva, un trabajo laborioso. El principal problema ha residido en la cronología, ya que José Martín Moreno no tenía la costumbre de anotar las fechas relativas a entrevistas con personajes famosos, ni de la inauguración de exposiciones, ni de sus apariciones por la prensa o la televisión. De ahí que algunos hechos no haya una datación exacta sino cercana. Por ello la consulta documental de hemeroteca me ha servido para averiguar fechas y cuadrar posibles confusiones o incoherencias.


En función de su evolución artística, el libro ha sido estructurado en tres partes. La primera explica sus orígenes y vivencias en los barrios de las Roquetes y Verdum del actual distrito de Nou Barris, su niñez y adolescencia durante la Guerra Civil y, en especial, durante los años de la postguerra. Sus memorias transcriben cómo era aquel lugar donde nació y se educó, a la vez que reflejan el máximo posible la dureza y el sufrimiento consecuencia de la miseria y el hambre que sufrió y tanto lo marcó como persona.
La segunda parte explica el nacimiento de su vocación como escultor, como se inició, como descubrió su nueva técnica revolucionaria y como pudo empezar a salir del pozo de la miseria. Son los años de juventud y madurez personal que culminan con su matrimonio y formación de su propia familia.
La tercera parte, la más extensa, relata su trayectoria profesional como escultor y su contacto con personajes famosos e influyentes de aquella época, tanto periodistas como artistas a los que bien les hizo un busto o una escultura, bien le ayudaron a proyectarse como se merecía como figura destacada y conocida en el mundo del arte.


La cuarta y última parte explica su jubilación forzosa, su regreso a Nou Barris en tanto el territorio de sus orígenes que lo vio nacer y crecer, y su legado en la actualidad.
El título del presente artículo "José Martín Moreno. El oficio reintegrado al arte" se corresponde al del libro, una cita que el maestro de periodistas y crítico de arte Àngel Marsà hizo en relación a la obra de José Martín Moreno.
En un lenguaje sencillo al alcance de todos, este trabajo constituye una obra divulgativa recomendada para aquellas personas interesadas en conocer una visión alternativa de la historia local del Nou Barris de unos años determinados, así como un artista que fue capaz de crear arte de una manera sorprendente y fuera de los cánones a los que estamos acostumbrados. En definitiva, mi humilde pretensión ha sido la de ofrecer una historia sencillamente diferente para quien le apetezca leer algo diferente y a su vez original.


viernes, 7 de noviembre de 2014

Las viejas placas callejeras de Barcelona, un patrimonio histórico a proteger

Ejemplo de convivencia entre la placa histórica y la placa moderna. Este es, a mi parecer, el criterio que debería haberse seguido para la mayoría de calles y plazas barcelonesas. Foto: Ricard Fernández Valentí.

Un paseo por los rincones más secretos de Barcelona ayuda a descubrir que todavía permanecen imperecederas las antiguas placas callejeras que en la actualidad constituyen un testigo viviente de tiempos pasados. Desgraciadamente son pocas las que resisten imperturbables en las fachadas de los edificios puesto que en su momento no se valoraron como era debido, mientras que otras han desaparecido por vil vandalismo, por el mero afán de borrar impunemente todo aquello que se pueda asociar a periodos predemocráticos o bien por la rapiña de los coleccionistas de antigüedades.

Preciosa placa de cerámica colocada en 1909 en la fachada del número 1 de la calle de Balmes esquina con Bergara. Al tratarse de un indicativo artístico, el Ayuntamiento de Barcelona la ha respetado. Unos metros más abajo se halla la placa más moderna, en lengua catalana. Foto: Alex Brown.

Entre finales de los años setenta y principios de los ochenta del siglo pasado se procedió a la renovación de todas las placas de las calles de la ciudad, algo que fue positivo porque de este modo se recuperaba la nomenclatura en lengua catalana que durante tantos años había permanecido eliminada y vetada. Los nombres atribuidos a acontecimientos, a iconos o a personajes relacionados con el franquismo fueron renombrados por otras denominaciones mucho más propias de un estado democrático. Las viejas placas de antaño, una vez arrancadas, se acumularon en un almacén como si de vulgar chatarra inservible se tratara, y posteriormente se procedió a su destrucción. Sin embargo, las que han permanecido intactas se ha debido a descuidos por parte de las brigadas encargadas de retirarlas o al hecho de hallarse en pasajes particulares cerrados o en paredes de edificios de difícil acceso que facilitan su invisibilidad a primera vista.

Placa del periodo de 1855 situada en el Barrio Gótico. En la parte superior se incluye el número de distrito y barrio, y en la parte superior el nombre de la calle. Observar cómo está escrito Jaime I. Foto: Ricard Fernández Valentí.

En el distrito de Ciutat Vella sobreviven las más antiguas de Barcelona, del siglo XIX, hechas de mármol y letras grabadas, o bien de cerámica y letras pintadas, en ambos casos de contornos sinuosos con cierto regusto artístico, y letras negras sobre fondo blanco. Es el lugar de la ciudad donde tienen mayor presencia. Y a ello deberíamos sumar otros rótulos no menos importantes como los de entrada y salida de carruajes, las cerámicas artísticas, las figuras santorales o bien las placas conmemorativas acerca de personajes famosos que en este distrito nacieron o residieron. Todo este conjunto de iconos refuerza la contribución a hacer de las calles y plazas del distrito un museo de historia al aire libre.

Placa de un periodo a caballo entre 1855 y 1878. A diferencia de la imagen anterior, este distintivo incluye información del número de manzana, lo cual demuestra la riqueza documental. Foto: Ricard Fernández Valentí.

Las placas cuya antigüedad se suponen de al menos el año 1855 indican en la parte superior el número del distrito y del barrio, incluso en algunos casos la manzana, y en la parte inferior el nombre de la calle o plaza. Las pertenecientes a la nueva división administrativa municipal aprobada en 1878 tienen otro formato: el nombre de la calle o plaza se indica en la parte superior mientras que el distrito y el barrio pasan a la parte inferior, con la diferencia adicional de que ambos no son numerados sino que reciben un nombre.

Placa artística situada en la fachada del edificio que alberga el Centro Cutural Aragonés y el teatro Goya. Es de 1923, y coincide con el bautizo de la calle de Poniente con la del político, jurista, economista e historiador aragonés Joaquín Costa Martínez. Foto: Ricard Fernández Valentí.

Aunque actualmente se conservan bastantes y por ahora parece que son respetadas como un elemento patrimonial del paisaje antiguo, muchas de ellas fueron destruidas durante el proceso de renovación de la nomenclatura pese a su evidente valor histórico. Todas ellas constituyen una fuente documental en tanto que informan de las antiguas divisiones administrativas incluso cuando las viejas murallas todavía no habían sido derribadas. En ellas, además, se aprecia la forma antigua como se escribía, incluso llegando a conservar sin traducir, posiblemente por imposición de las formas populares, palabras catalanas en la rotulación en castellano.

Placa callejera del periodo de 1878, tras la nueva división administrativa municipal. A diferencia de las anteriores, el nombre de la calle o plaza pasa a la parte superior, mientras que la del distrito y barrio se colocan en la parte inferior. Otra novedad es que los distritos y barrios se denominan con su nombre y no con un número, hecho que facilitaba la orientación por el complejo entramado del casco antiguo barcelonés. Foto: Ricard Fernández Valentí.

Placas cuyo diseño es similar a las de Ciutat Vella se pueden hallar de forma muy testimonial en los cascos antiguos de aquellos barrios barceloneses que fueron municipios independientes. En las de estos casos, si no hay sensibilidad por conservarlas, estarán abocadas a una inexorable desaparición a corto o medio plazo ya que se hallan mayormente en edificios potencialmente derribables.

Pequeña placa superviviente en una calle del barrio de Gràcia. Estos distintivos que se hallan fuera del distrito de Ciutat Vella son los que más riesgo corren de desaparecer. Foto: Ricard Fernández Valentí.

Otra tipología superviviente son las placas rectangulares metálicas pertenecientes al primer periodo franquista, de aspecto funcional, más ligeras y, sobretodo, más económicas dadas las circunstancias del momento. Las de los años cuarenta eran de aspecto abombado, esmaltadas, de rotulación pintada, con el fondo azul y las letras blancas. A partir de los años cincuenta y hasta los sesenta fueron rediseñadas con un nuevo aspecto de chapa aplanada, con rotulación grabada en un molde, fondo azul y letras y contorno plateado.
Del periodo comprendido desde los años sesenta hasta 1975, es decir, del segundo periodo franquista, existen muy testimoniales por algunas calles barcelonesas las placas de formato más moderno, predecesoras directas de las actuales, de mármol blanco y letras impresas en negro.

El pasaje de Ministral, en el barrio del Coll, una vía particular de acceso privado. Es de las poquísimas calles de Barcelona que todavía conservan la placa en castellano. La de este caso, que pertenece a los años cuarenta, se encuentra en mal estado. Es de esperar que en el momento en que se decida colocar la nueva placa en catalán, a lo que no me opongo sino todo lo contrario, la antigua se conserve como elemento patrimonial. Foto: autor desconocido.

Aparte de las anteriores, destaca la presencia por toda la ciudad de distintivos fabricados por fincas particulares, indicativos grabados en puertas artísticas de reja metálica, placas artísticas de cerámica, y la rotulación mediante letras forjadas o de piedra las cuales incluso llegan a formar parte de la arquitectura de un edificio y contribuyen al embellecimiento de la fachada. Todas ellas son de diferentes épocas, aunque la gran mayoría bastante antiguas. Existen también distintivos públicos integrados en un conjunto escultórico o artístico, cuyo diseño adaptado a las características de dicho conjunto no se corresponde con los criterios estandarizados que el Ayuntamiento de Barcelona oficializó en su momento. El aliciente artístico pretendía alertar a los transeúntes del grado de importancia y majestuosidad de aquella arteria, algo muy habitual en la mentalidad burguesa de antaño.

Placa de los años sesenta, esta vez de mármol blanco y rotulación en negro, perteneciente al pasaje particular de Comas d'Argemí, en el barrio del Guinardó. Es un caso similar al anterior, a lo cual le deseo el mismo destino. Foto: Ricard Fernández Valentí.

El paso de los años ha sido el responsable de otorgar a las viejas placas callejeras de Barcelona ese valor histórico que, hasta hace bien poco, no se les dispensaba. Actualmente solo se valoran las del distrito Ciutat Vella por ser del siglo XIX (además de constituir un atractivo turístico), las que tienen connotaciones artísticas y las que se integran en elementos monumentales.

Un ejemplo nada habitual en Barcelona: la convivencia de la placa antigua con la denominación no oficial, junto a la placa moderna con la denominación vigente. Observar que la placa antigua no indica ni el distrito ni el barrio, algo también muy poco frecuente en los indicativos de esa época. Foto: Neus Prats.

El resto son todavía objeto de eliminación como si de una plaga nociva se trataran. La principal razón se debe a su asociación directa al periodo franquista. Por ello es injusto, además de demagógico y oportunista, que algunos sectores ideológicos afirmen que quienes abogamos por la conservación de estas placas seamos añorados de los tiempos predemocráticos. Salvo excepciones que confirman la regla, tal afirmación es falsa, puesto que los criterios historicistas se hallan por encima de los políticos. Y en ese sentido, los geógrafos e historiadores urbanos por supuesto también lamentamos que actualmente no se conserven placas callejeras u otros indicativos del periodo de la Segunda República o la Guerra Civil, incluidas las rotuladas en lengua catalana.

El pasaje del Crédito, que desemboca a la calle de Ferràn y a la baixada de Sant Miquel en el otro extremo. Este es un claro ejemplo de rotulación a base de letras metálicas integrada en la bella arquitectura de este edificio. Como solía pasar a menudo, la palabra pasaje está escrita con g. Foto: Ricard Fernández Valentí.

La perspectiva del tiempo ha demostrado que la substitución acaecida entre finales de los años setenta y principios de los ochenta se produjo bajo la total ausencia de reglas conservacionistas y bajo el fundamento de hacer borrón y cuenta nueva con el pasado, desembocando a un grave error difícil de reparar. Lo más coherente hubiese sido complementar las viejas placas con las nuevas, o bien eliminar parcialmente las viejas conservando como recuerdo solo una pequeña representación de cada modelo. Sin embargo, es lógico que si una calle o plaza cambia de nombre, las viejas placas con la denominación sin vigencia sean completamente eliminadas para evitar confusiones. Por este motivo un proyecto de musealización que incluyese una vasta colección de placas de distintas épocas, incluidas las de calles desaparecidas o de antigua nomenclatura hubiese sido una solución factible a su conservación definitiva. Las placas callejeras explican una parte no menos importante de la historia de Barcelona, porque todas ellas son el reflejo de una situación y una evolución política, social y económica determinada por las que fueron creadas.

Detalle de la entrada del magnífico y elegante pasaje de Permanyer. Este es un claro ejemplo donde los distintivos se integran en el conjunto arquitectónico de la entrada: en las columnas, en los escudos de las estatuas superiores y en las rejas de acceso. Quienes se acerquen a contemplar hermoso lugar observarán que la palabra pasaje está escrita con j en la columna, mientras que en las estatuas de los niños con escudos y en la verja está escrita con g. Foto: Xavier Serra.