jueves, 19 de marzo de 2015

Cuando el castillo de Torre Baró funcionó como un auténtico castillo (1937-1942)


El castillo de Torre Baró está de moda. Desde su última rehabilitación y apertura como mirador y punto de información el 11 de noviembre del pasado año 2014 se halla muy concurrido de visitantes que quieren deleitarse de las magníficas vistas panorámicas que ofrece este histórico edificio desde sus almenas. Aseguran que incluso el vecino restaurante “El Cordero” se está haciendo de oro gracias a ello y que el negocio les rueda de maravilla.
Acerca de este icono del distrito de Nou Barris, además de patrimonio histórico y arquitectónico desde 1992 gracias al Arxiu Històric de Roquetes-Nou Barris, debería aclararse que en realidad no se trata de un castillo. Destinado a ser un pequeño hotel o bien una torre de segunda residencia para Manuel Maria de Sivatte Llopart, uno de los accionistas de la sociedad que pretendió materializar una urbanización de casas unifamiliares en la sierra de las Roquetes, su arquitectura solamente imita lo que parece ser un castillo.
Sin embargo, hubo una breve etapa de su historia en la cual se convirtió en lo más parecido a un castillo de verdad en tanto desarrollar una función como fortaleza militar de defensa. Ello fue en el periodo comprendido entre 1937 y 1942, y no precisamente por casualidad.


Tras estallar la Guerra Civil Española las tropas republicanas tomaron posición de los puntos de Barcelona considerados estratégicos para controlar y alertar la llegada de aviones enemigos. El 13 de febrero y el 16 de marzo de 1937 se habían producido los dos primeros bombardeos aéreos sobre la ciudad. El domingo 18 de abril del citado año a las 6:00h. de la mañana el Comité Pro Ejército Popular Regular, responsable de la formación de nuevos combatientes, movilizó a un total de 6.500 hombres que participaron en unas maniobras destinadas a defender la ciudad de los ataques aéreos. Los voluntarios formaron dos columnas, una de las cuales atravesando el barrio de Horta llegó hasta Sant Cugat del Vallès (entonces llamada Pins del Vallès) mientras que la otra lo hizo hacia el norte de Sant Andreu (actual distrito de Nou Barris), ascendiendo por la sierra de las Roquetes hasta Torre Baró: “El observador pudo ver la habilidad y los conocimientos militares de los que participaron en la batalla de la Torre del Baró (…) Consistía la maniobra en un supuesto movimiento de fuerzas enemigas que se disponían a atacar Barcelona en dirección hacia la carretera que va de San Andrés a Moncada. Estas fuerzas —seis batallones— fueron mandadas por el comandante Alonso de Medina. Las fuerzas de defensa, en número inferior, las mandaba el comandante Edmundo Dutval, y consiguieron romper la columna central de ataque, impidiendo con esto la pérdida de las posiciones importantes en caso de un asalto a Barcelona (…) El mando supremo de las maniobras lo llevaba el teniente coronel M. Suriano, que con los invitados y la Prensa había tomado posición en la misma Torre del Baró”. (La Vanguardia 20/04/1937).


Una vez allá tomaron las tropas tomaron posesión del castillo, el cual, pese a no haber estado nunca habitado, se hallaba en buen estado dada la calidad arquitectónica de su construcción. El edificio, aun estando abandonado, conservaba intacta su estructura y sus plantas interiores, así como las puertas de madera tanto de los accesos principales como de las ventanas. Enseguida fue abierto y ocupado por un destacamento militar. Según el testimonio de José Martín Moreno, residente en el barrio de Verdum y nacido en el barrio de Les Roquetes, en la planta baja se instalaron la cocina y el comedor, mientras que en las plantas superiores se colocaron las literas para dormir. Alrededor del castillo se habilitó una pequeña batería antiaérea, más sencilla que las del Turó de la Rovira, Montjuïc o el litoral barcelonés, con un foco de luz procedente del Palau Nacional de Montjuïc y un par de ametralladoras tipo Bofors o bien Oerlikon de 20 milímetros. Los aviones enemigos atravesaban perpendicularmente Barcelona desde Collserola hasta el mar. Previamente al bombardeo, éstos lanzaban unas bengalas para iluminar durante la noche las zonas estratégicas a destruir. Desde la batería o más bien punto de vigilancia de Torre Baró se alertaba mediante el foco de la presencia de aviones bombarderos a la batería del Turó de la Rovira, estando ambas coordinadas. El 29 de mayo y el 1 de octubre siguientes volvieron a sufrirse bombardeos sobre la ciudad.


Cuenta también el mismo José Martín Moreno que aquellos militares disponían de una mula que transportaba la comida hasta los ocupantes del castillo y que después de ir a recoger leña donde actualmente se ubica el cementerio de Collserola se reunía con cuatro soldados más. Uno de los voluntarios se dedicaba a repartir las provisiones al resto de compañeros que se encontraban en diferentes puntos de vigilancia de la montaña. Otro lugar estratégico era un túnel situado en la calle las Torres con salida a la Guineueta que fue aprovechado para guardar material militar. El agua era recogida gracias a un manantial cercano actualmente desaparecido y de las fuentes de Canyelles y de Santa Eulàlia, relativamente cercanas. La aportación de este hombre ha sido fundamental para averiguar con detalle que el castillo de Torre Baró fue durante aquellos años convulsos un punto de vigilancia, hecho que demuestra la gran importancia de las fuentes orales, puesto que apenas existe información escrita o fotográfica alguna sobre el tema.
La noche del 24 al 25 de octubre del mismo 1937 un avión italiano fue abatido cerca del castillo de Torre Baró. Se trataba de un trimotor Savoya-Marchetti SM81 popularmente conocido como "el murciélago". Tras ser disparado por el piloto soviético Anatoly Sérov, que aquí se hacía llamar Rodrigo Mateo, el bombardero italiano cayó entre la Font Muguera y el pie del Turó de Can Cuiàs. Este personaje se convirtió en el primer piloto soviético que fue capaz de derribar a un avión durante la noche.


Cuando terminó la Guerra Civil el castillo, continuando sus funciones como fortaleza militar, pasó esta vez a estar ocupado por las tropas nacionales. La batería antiaérea fue desmantelada y en su lugar se habilitó un pequeño campo de concentración para poco más de un centenar de prisioneros del bando republicano. Algunos testigos de la época aseguran que los reclusos fueron sometidos a duras condiciones, padeciendo hambre, sed y frío. Un grupo de músicos tocaban tres himnos antes de la comida y antes de la cena: el Orriamendi (de los carlistas), el Cara al Sol (falangista) y la Marcha Real. Los domingos y festivos un sacerdote jesuita se encargaba de impartir la misa. Finalmente, en 1942 el castillo fue nuevamente desocupado. Se dice que los prisioneros fueron trasladados en tren hasta Miranda de Ebro, donde años después serían liberados. Una vez deshabitado, los vecinos subieron y progresivamente lo vaciaron completamente por dentro. Cada planta estaba construida con unas vigas de madera de melis de gran calidad, motivo por el cual las arrancaron y aprovecharon para venderlas, pues las pagaban muy bien en el mercado.
El castillo abandonó definitivamente su función de fortaleza militar para volver a ser lo que en verdad siempre fue, permaneciendo abandonado hasta convertirse a partir de 1970 en icono de los llamados "9 Barrios", remozado en 1989 como monumento y recuperado definitivamente el año 2014 como mirador.


Fotos: Arxiu Històric de Roquetes-Nou Barris, Arxiu La Vanguardia, Arxiu Nacional de Catalunya, Ginés Cuesta Ortiz, José Martín Moreno.

No hay comentarios: