domingo, 14 de abril de 2013

Los limpiabotas de Barcelona



Si paseamos por la Rambla barcelonesa todavía nos encontraremos a un singular personaje que a partir de las cinco de la tarde se dedica al viejo oficio de limpiabotas. Una banqueta, un reposazapatos, cepillos, líquidos reparadores, betunes y trapos para abrillantar el calzado son todos los elementos de que dispone para su trabajo. Antaño hubo muchos, generalmente gente humilde que necesitaba urgentemente ganarse la vida para poder vivir o incluso sobrevivir en los tiempos más difíciles en que los ricos eran muy ricos y los pobres muy pobres. Se dice que el oficio de limpiabotas apareció por primera vez en Barcelona en el año 1844 gracias al prestidigitador y maestro de ceremonias Fructuós Canonge Francesch (Montbrió del Camp, 1824 - Barcelona, 1890), que se instaló en la plaza Reial. Apodado popularmente como el “Merlín español”, fue el promotor de la Sociedad del Born dedicada a preparar festejos. Personaje muy popular en la ciudad, se le atribuían poderes mágicos y habilidades similares a las de los faquires. Tras debutar profesionalmente en 1858 en el teatro de los Camps Elisis del paseo de Gràcia, se convirtió en uno de los magos más famosos de su tiempo llegando a actuar por varios países de Europa y América, en los mejores teatros y palacios, e incluso ante monarcas como Isabel II y Alfonso XII. Durante el carnaval, contaba un cronista que “su mayor placer consistía en pasearse por la Rambla vestido de tambor mayor con el bastón o bengala adornado de cintajos y purpurina, lanzándolo al aire, recogiéndolo, marcando el compás y ejecutando volteos y molinetes con aquella su portentosa habilidad. Y detrás de él, formando una fila, marchaban los doce muchachos que a sus órdenes trabajaban en el negro negocio del betún y la cera”. Ante el recelo de quienes pasaban desconfiados por su puesto de limpiabotas, se cuenta que algunas veces para convencer de que su oficio era bueno a menudo se untaba la lengua con el lustre que empleaba y vendía, e incluso se lo comía. Su continuador fue su sobrino Joan Canonge Balcells en su puesto de la plaza Reial y el nieto éste, Emili Giménez Canonge, que ayudaba los domingos.


Algunos atribuyen la aparición de los limpiabotas en Barcelona con el hecho de que los transeúntes paseaban casi siempre con los zapatos sucios porque la ciudad tenía las calles sucias y llenas de polvo y lodo, de ahí el despectivo mote de “Can Fanga”. Se dice que los primeros profesionales que se instalaron eran de origen saboyano (de la Provenza francesa), posiblemente influidos y atraídos por la figura antes mencionada de Canonge, el cual llegó a actuar ante el monarca Amadeo de Saboya. Inicialmente trabajaron como deshollinadores. Luego, al ver que este oficio resultaba poco rentable se dedicaron a disgusto a limpiar zapatos, pues esta faena la realizaban rápidamente para sacarse de encima a sus clientes lo antes posible. Nunca se arrodillaban para escoger sus utensilios ni siquiera en el momento de hacer el lustre del calzado porque lo consideraban una humillación.


En vistas del mal resultado, al poco tiempo los cireurs franceses se reemplazaron por limpiabotas autóctonos que, a diferencia de los anteriores, desarrollaron su oficio con mucha más pasión y mejor atención al cliente. Sin embargo, inicialmente no fueron bien vistos por la sociedad barcelonesa posiblemente porque aún tenían el mal recuerdo de los saboyanos. Se decía que el público los rechazaba debido a un rumor popular extendido de que los betunes que usaban para restaurar el color y sus cremas abrillantadoras contribuían a estropear el calzado, incluso a cortar o quemar el cuero del mismo. Posteriormente, al ver la calidad de su trabajo y la cordialidad con que trataban al público, gozaron de mayor popularidad, llegando a convertirse en unos personajes típicos de la ciudad. Solían ir a los cafés y ocasionalmente recibían confidencias, prestaban pequeños servicios, vendían lotería y tabaco e incluso plumas estilográficas. Testigos de la época aseguran que entre los más jóvenes dedicados a este oficio algunos solo lo hacían temporalmente para sacarse el dinero suficiente como para poder pagarse los estudios superiores o universitarios.


Además de los limpiabotas ambulantes existieron salones con butacas fijas, algo que otorgaba al oficio más prestigio en relación con los ambulantes y, por supuesto, mayor competencia. Estos establecimientos se ubicaban sobretodo en la Rambla, la ronda de Sant Antoni y la plaza de Catalunya, además de otros puntos estratégicos de afluencia de público. Por buena parte del distrito del Eixample se ubicaron los locales de más categoría dirigidos a una clientela de mayor poder adquisitivo. Algunos de ellos, por ejemplo, se emplazaron delante de importantes hoteles y restaurantes.
En este mundo nunca hubo mujeres (que al menos se conozca) porque ellas se dedicaban a otros menesteres como modistas, costureras, lavanderas, dependientas o en el servicio doméstico. Normalmente las criadas de las familias pudientes se encargaban de llevar los zapatos de la casa en la que trabajaban para que el limpiabotas los dejara a punto.


Desde principios del siglo XX se constituyó la sociedad Unión de Patronos Limpiabotas de Barcelona con el propósito de regular la profesión. Bajo el régimen de Primo de Rivera, en 1924 la Junta Local de Reformas Sociales modificó los contratos laborales entre patronos y obreros limpiabotas. Un acuerdo transitorio adoptado por las comisiones del ramo en la Delegación Regional del Trabajo permitió que los profesionales percibieran un salario semanal de tres pesetas que cobrarían todos los domingos hasta la puesta en marcha del futuro Comité Paritario Local de Limpiabotas de Barcelona. Se estableció que su horario de trabajo sería desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde con derecho a dos horas de descanso, si bien opcionalmente los sábados podrían alargar su jornada media hora más. Paralelamente, también existía la Asociación Patronal de Salones Limpiabotas de Barcelona para los profesionales con local propio.
En 1928 hubo un pequeño conflicto entre los limpiabotas de salones y los ambulantes. A los primeros se les obligó debido a una ordenanza municipal a cerrar sus establecimientos los domingos y festivos, mientras que los segundos podían ejercer todos los días. Ello se tradujo en protestas. Con el auge del turismo a raíz de la Exposición Internacional de 1929, encontraron con los turistas una nueva clientela potencial. Algunas fuentes aseguran que les cobraban a sus clientes extranjeros entre 10 y 25 pesetas por sus servicios, una suma en aquella época bastante elevada.

Foto: Josep Lluis Álvarez

El 22 de julio de 1930 se constituyó el Sindicato Profesional de Obreros Limpiabotas de Barcelona para defender los intereses de los obreros limpiabotas ante las presiones y la rigidez de los patrones. Para evitar competencias desleales o ilegalidades, todo aquel que quisiera dedicarse a limpiabotas era obligatorio que dispusiera de un carnet acreditativo adquirible en el número 14 principal de la calle de la Guàrdia. Posteriormente trasladaron su sede en el número 83 de la calle de Sant Pau.
En enero de 1931 la Asociación Patronal de Salones Limpiabotas de Barcelona y el Sindicato Profesional de Obreros Limpiabotas de Barcelona pactaron de mutuo acuerdo nuevas condiciones laborales para los trabajadores. Entre los cambios destacaron: un horario de apertura de los salones de ocho de la mañana a nueve de la noche de lunes a viernes; doble turno de entrada y salida del trabajo de ocho de la mañana a ocho de la noche y de nueve de la mañana a nueve de la noche; apertura los domingos de nueve y media de la mañana a la una y media del mediodía; jornada laboral de ocho horas con derecho a dos horas de descanso y un día festivo a la semana; y unos jornales de 5,20 pesetas al día de lunes a viernes, de 4 pesetas los domingos y 0,30 pesetas las horas extras.


A partir del 18 de julio de 1936, tras el alzamiento y el inicio de la Guerra Civil Española, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) obligó a colectivizar a los limpiabotas que terminaron incluso por pintar sus cajas de madera con los colores rojo y negro de esta organización anarcosindicalista. La Unión de Patronos Limpiabotas de Barcelona quedó disuelta y los patrones fueron expulsados.
Al terminar el conflicto bélico, muchos limpiabotas padecieron la represión del franquismo porque el régimen no los veía con buenos ojos. Gonzalo de Aguilera y Munro, oficial del ejército y considerado como “el terror de los limpiabotas”, llegó a afirmar que “El gran error que han cometido los franquistas al empezar la Guerra Civil Española ha sido no fusilar de entrada a todos los limpiabotas. Un individuo que se arrodilla en el café o en plena calle a limpiarte los zapatos está predestinado a ser comunista. Entonces ¿por qué no matarlo de una vez y librarse de esa amenaza?”. Sin embargo, ello no impidió la proliferación de numerosos limpiabotas por la ciudad de todas las edades, destinados a trabajar muy duro para ganar algo de dinero con el cual comprar comida y mantener a toda una familia. La ventaja era que la profesión no requería grandes inversiones, pues solo bastaba adquirir una caja de madera y disponer de los utensilios pertinentes (cepillos, betún, trapos y anilina). Sin embargo, muchos de ellos tuvieron que soportar la mirada de los vencedores por encima del hombro y la tristeza de la necesidad. Consta que en el año 1946 un limpiabotas cobraba 1,30 pesetas por lustrar un par de zapatos.


A partir de los años cincuenta la situación mejoró. Los meses de verano se convirtieron en una buena temporada de recaudación gracias a la resurrección del turismo. Los días que había corridas de toros en las plazas de la Monumental y Las Arenas el trabajo era constante porque muchos aficionados no concebían asistir a la corrida sin haberse limpiado previamente el calzado y sin fumar un buen puro habano. Para ellos exhibir unos zapatos brillantes era signo de señorío y prestigio. Otros clientes habituales eran los burgueses, simpatizantes del bando nacional con buena posición social y sobre todo los militares, los cuales a menudo los contrataban esporádicamente para sus propios domicilios llegándolos a convertir en trabajadores libres. Por aquél entonces cobraban entre 4 y 5 pesetas el servicio. Igualmente, las temporadas en que la VI flota norteamericana desembarcó en Barcelona fueron una excelente oportunidad. Los marines estadounidenses se convirtieron en asiduos clientes con el aliciente de que pagaban en dólares.
A medida que fueron recobrando popularidad, los limpiabotas eran mayormente conocidos por sus sobrenombres. Durante las décadas de los años sesenta y setenta, el oficio empezó su declive. Las tradiciones y costumbres de antaño se fueron sustituyendo por nuevas formas de vida y otras pautas de comportamiento derivadas de la mejora de la economía y de la calidad de vida. Cada profesional fue percibiendo menos clientela hasta que el negocio dejó de ser mínimamente rentable. En el momento en que el impuesto municipal igualaba o superaba lo recaudado, la mayoría renunció a continuar.

Foto: descubriendobcn.wordpress.com

A finales de los años ochenta cerró el último salón de limpiabotas de Barcelona, situado en el chaflán de la rambla de Catalunya con la calle de València. Los profesionales que han sobrevivido a la extinción se dedican hoy día a recorrer aquellos establecimientos donde todavía existe una demanda potencial, como coctelerías, hoteles, peluquerías o gimnasios. El precio de un servicio es de entre 3 y 7 euros, el tiempo medio de puesta a punto es alrededor de unos diez minutos y el promedio diario de trabajo es de diez a veinte pares de zapatos, de una clientela mayormente masculina y muy raramente femenina por no decirse nula.
Actualmente, la figura del limpiabotas callejero es puramente testimonial y tiene un valor más bien folclórico. En la Rambla, el último profesional en activo es Víctor Raúl Ramón López, que tiene su puesto junto a la fuente de Canaletas. Barcelonés de nacimiento, se exilió a México al finalizar la Guerra Civil, para trasladarse posteriormente a Perú donde permaneció la mayor parte de su vida. En 1985 regresó a Barcelona y en 1993 actuó de estatua humana en la misma Rambla caracterizado de Cristóbal Colon. Sin embargo, una lesión en la columna le impidió continuar y desde entonces se dedicó honradamente a limpiabotas. Su presencia es el testigo de un pasado en que los oficios de todas clases formaban la estampa urbana de la ciudad de antaño.

Foto: cuatrocu.blogspot.com

1 comentario:

daniela gonzalez dijo...

QUE BUENA INFORMACIÓN. SI TENDRÁS DATOS DE LIMPIABOTAS DE OTROS PAÍSES ME SERVIRÍA DE AYUDA, AHORA MISMO ME ENCUENTRO REALIZANDO MI TESIS DE ELLOS,