viernes, 19 de junio de 2020

Carlos Ruiz Zafón, la Barcelona del viento


Recibo la triste e inesperada noticia del fallecimiento del escritor Carlos Ruiz Zafón. Una muerte prematura, en la flor de la vida, y un talento interrumpido a los 55 años de edad que prometía una trayectoria mucho más completa. Su legado, no muy extenso pero sí importante y de gran éxito comercial, lo catapultó como uno de los escritores contemporáneos más importantes de la literatura española en general de estos últimos años, y de la literatura catalana y barcelonesa en particular. Su reconocimiento a nivel nacional e internacional tuvo como resultado la obtención de 17 premios literarios, siendo finalista en otros tres. Nacido en Barcelona en 1964, se licenció en Ciencias de la Información y años después se trasladó a vivir a la ciudad norteamericana de Los Ángeles.
He tenido el placer de leer la saga del Cementerio de los Libros Olvidados, por lo que me es posible hacer una valoración personal de su estilo literario y de su visión de Barcelona. Leía sus novelas en el autobús, de camino de casa al trabajo, lo cual me disuadía de la monotonía. En líneas generales, observé que sus novelas están escritas con un lenguaje sencillo y ameno apto para la gran mayoría del público en general, incluso las destinadas al público adulto. Solía usar un vocabulario rico pero sin hacer uso excesivo de cultismos o palabras difíciles, de ahí que incluso atrajera a quienes no están acostumbrados al hábito de la lectura. Sus relatos se centran mucho en la descripción de sus personajes, sus sentimientos y sus acciones. El desarrollo de las acciones suele ser muy directas y sin complicaciones, es decir, sin la necesidad de usar simbolismos o metáforas que dificultan la compresión lectora. Su lenguaje era muy ágil, de lectura rápida pero a la vez con gran contenido y profundidad. Solía mezclar realidad con fantasía, incluso invitando al lector a que saque sus propias conclusiones.


Dentro de la narrativa juvenil, destacó con la trilogía formada por las novelas "El príncipe de la niebla" (1993), "El palacio de la medianoche" (1994) y "Las luces de septiembre" (1995). Otras obras son "Marina" (1999) y "Rosa de Fuego" (2012), donde la acción ya transcurre en Barcelona. Sus obras estrella son la saga del Cementerio de los Libros Olvidados, un lugar del cual adquirió inspiración de unos viejos almacenes de Los Ángeles, de los cuales quedó especialmente impresionado. Estas obras son las que han contribuido a que el escritor forme parte de la historia de la literatura barcelonesa: "La sombra del viento" (2001), "El juego del ángel" (2008), "El prisionero del cielo" (2011) y "El laberinto de los espíritus" (2016). Basado en la anterior tetralogía, publicó "El Príncipe de Parnaso" (2018). Otra obra menos conocida pero no por ello menos interesante es "Barcelona gothic" (2008) donde hace una recopilación de sus artículos periodísticos publicados en distintos periódicos.
Desde mi perspectiva personal y, por supuesto, subjetiva y discutible, la Barcelona de Carlos Ruiz Zafón se presenta en sus novelas desde un punto de vista literario, en ningún momento geográfico, histórico o periodístico. Su visión de la capital catalana es subjetiva, si bien muchos lectores pueden compartirla y creerla objetiva, especialmente quienes hayan vivido experiencias similares a las de algunos de los personajes. Sus obras sirven para conocer la existencia de espacios concretos de la ciudad en una época concreta. Aun así, el objetivo principal no parece que sea explicar cómo era Barcelona porque la urbe es el telón de fondo, no la principal protagonista. Es decir, es un claro ejemplo del uso literario de la ciudad como escenario. De aquellos espacios donde se suceden los acontecimientos y los encuentros entre los personajes no se hace una descripción profunda sino más bien superficial, sin entrar en detalles. A menudo solo se citan, sin más información.


El espacio elegido pretende dar verosimilitud a la acción literaria. Desde una perspectiva espiritual, los barrios reflejan claramente un ambiente y un estado de ánimo, pues a menudo son escenarios donde se plasman los sentimientos y las emociones de los personajes. De ahí que el contexto físico de la ciudad no suele presentarse bajo un contexto alegre sino más bien para plasmar un ambiente gris y deprimente, incluso de vida dura. No se describe en su obra una Barcelona alegre y atractiva, sino una ciudad a blanco y negro. A su vez se percibe una ciudad mágica por los rincones singulares llenos de historia pero con fuertes claroscuros. Ello la convierte en una metáfora para encarnar la idea del bien y el mal, ambos presentes en su trabajo. La Barcelona de Carlos Ruiz Zafón es, antes que nada, la de sus propios ciudadanos, la de los hombres y mujeres que la habitan y la viven cotidianamente. Como escritor contemporáneo, tuvo en común con otros autores de su época y del siglo XX que las características de la sociedad urbana son protagonistas de sus novelas porque los personajes sirven en un momento dado para explicar la ciudad o, al menos, hacerse una idea determinada. De hecho, a través de la evolución de los personajes a lo largo del tiempo se refleja la evolución de Barcelona.
Una cuestión no ajena de polémica y controversia en los tiempos de inestabilidad política que vivimos es plantear si la obra del malogrado escritor se puede considerar o no como literatura catalana. En este sentido, me aferro al criterio del doctor Carles Carreras i Verdaguer (catedrático de geografía humana de la Universitat de Barcelona), profesor que impartió la asignatura "La ciutat de Barcelona dins la literatura catalana" cuando cursé el programa de doctorado "Pensament geogràfic i ordenació del territori" los años 1996 y 1997.


Consideraba que para explicar la ciudad de Barcelona lo que más importa es lo que se dice, pero no tanto en qué lengua se expresa. Existe una cultura bilingüe en el sentido más recto de la palabra. Nos hallamos con personas de una misma cultura pero con distintas lenguas, y cada lengua tiene una manera de explicar y de sentir, ambas enriquecedoras en cuanto a lo que han llegado a aportar. En definitiva, literatura catalana es la literatura desarrollada dentro de Cataluña, sea en catalán o en castellano, mientras que la literatura en catalán es aquella parte de la literatura catalana desarrollada exclusivamente en lengua catalana. Por ello, la obra de Carlos Ruiz Zafón se puede enmarcar dentro de la literatura catalana, como también debemos (o deberíamos) considerar la de autores amantes de Barcelona como Eduardo Mendoza, Juan Marsé y Vázquez Montalbán, entre muchos otros.
Me quedo con su frase "Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él". Que allá donde estés descubras la eterna magia literaria escondida en el Cementerio de los Libros Olvidados y que tu sombra no deje de soplar hacia esa Barcelona del viento que nos hiciste descubrir y fascinar.

Fotos: Archivo La Vanguardia, Carles Ribas (El País), Cope, Irisdeasomo.

martes, 9 de junio de 2020

¿Autoodio? No, gracias


Aunque el presente blog está destinado principalmente a ofrecer artículos sobre los transportes y la historia de Barcelona, las recientes manifestaciones de protesta sucedidas a nivel mundial como reacción a la muerte de George Floyd a manos de la policía, me motivan reflexionar sobre un estúpido fenómeno muy de moda en determinados sectores ideológicos: el autoodio.
El autoodio consiste en defender y ensalzar a aquellos colectivos socialmente e históricamente desfavorecidos mediante la desvalorización o el desprecio hacia uno/a mismo/a por el mero hecho de pertenecer al grupo social supuestamente agresor y discriminador. Se trata de un autocastigo moral y psicológico, asumiendo la culpabilidad y considerándose de modo activo o pasivo ser responsable de que otros vivan en situación de desventaja. El objetivo es que uno/a mismo/a se sienta culpable de ser quien es y cómo es, incluso hasta de haber nacido. Por poner algunos ejemplos, un hombre deberá despreciarse si quiere defender a las mujeres o a los llamados intersexuales o transexuales; un individuo de raza blanca deberá autoculparse de su color de piel para respetar a quienes pertenecen a otros grupos étnicos; y la heterosexualidad deberá despreciarse para demostrar respeto hacia quienes manifiestan una orientación sexual distinta. Lo mismo sucede con las ideologías políticas, cuando para demostrar tu arraigo o tu amor hacia un determinado territorio, o bien demostrar que eres demócrata, debes asumir a la fuerza y únicamente los principios impuestos por quienes se consideran buenos habitantes o simpatizar por unos partidos políticos concretos. De lo contrario, deberás asumir que eres un mal autóctono y un fascista.
En síntesis, en vez de erradicar cualquier tipo de desprecio e intentar alcanzar la máxima armonía posible para convivir en paz entre las diferencias, nos vamos del extremo de odiar a los colectivos socialmente desfavorecidos a odiar al colectivo presumiblemente culpable de haberlo causado, como si tuviésemos que arrodillarnos y pedir perdón por un agravio histórico. ¿Resuelve acaso la actitud del autoodio los problemas de desigualdad e injusticias y contribuye a un reequilibrio social y territorial mundial? ¿Servirá ello para pedir perdón a George Floyd por haber sido muerto a manos de la policía? ¿Acaso se sentirá más agradecida la comunidad negra o afroamericana?


Es innegable que este asunto no puede quedar al margen de la politización porque es ineludiblemente de interés político. Por activa o por pasiva, todo está politizado, y cualquier discurso o pensamiento se puede enmarcar en dicho ámbito. Ese no es el problema de fondo, sino lo que vendríamos a llamar partidismo, es decir, cuando determinadas posiciones ideológicas o partidos políticos pretenden apropiarse de la lucha y la defensa de colectivos socialmente desfavorecidos, liderando e impartiendo una doctrina que todo el mundo debe acatar porque de lo contrario te conviertes en disidente o discriminador. Ello termina por crear sentimientos de supremacismo entre los partidarios de ese punto de vista, en tanto creer que sólo ellos tienen la razón, que únicamente ellos tienen la capacidad y las herramientas para la defensa dichos colectivos y la lucha contra las injusticias. Así, aquellas formaciones políticas que hayan quedado al margen o cualquier punto de vista dispar al "oficial", aunque pueda ser bueno, es considerado automáticamente hostil.Ahí es donde hallamos la gran contradicción de aquellos quienes dicen ser demócratas pero luego, en vez de respetar y aceptar la diversidad política y de opiniones aunque no las compartan, sólo creen democrática su visión política personal y la de aquellos partidos políticos con los que simpatizan. Ello es una acción peligrosa e inadmisible en democracia que conlleva a la intimidación y la coacción, pues termina creándose una presión social y psicológica hacia aquella parte de la sociedad "disidente" la cual a menudo se ve obligada a autocensurarse, a encubrir sus verdaderas ideas por miedo a ser mal vista, a adquirir un complejo de culpabilidad e incluso a mentir para sentirse aceptados asumiendo a la fuerza un discurso que no creen. En definitiva, se logra que acatar ciertas ideas o simpatizar con determinados partidos políticos, de forma sutil, pasiva e indirecta, no sea una opción democrática sino una obligación forzosa, lo que Josep Tarradellas definió como "dictadura blanca".
Deberíamos concienciarnos de que todo ello no lleva a ningún lugar porque la lucha contra las desigualdades y contra la discriminación de colectivos desfavorecidos no es una cuestión de ser de derechas o de izquierdas, de ser progresista o conservador, de ser blanco o de otro color, de ser hombre o mujer, de definir buenos y malos, porque de lo contrario a la guerra contra la desigualdad y la discriminación deberíamos añadir una guerra partidista, ideológica  y de intereses personales que no hace más que agravar el problema.


El sentido común y la aplicación tanto de valores democráticos son el camino hacia una igualdad real, donde todos podamos convivir y vernos entre nosotros únicamente como personas, sin que las particularidades sean objeto de discriminación o desigualdad. Cualquier demócrata con sentido común y una mínima sensibilidad social debería ser suficientemente consciente de que todos formamos parte de un gran equipo, y que pese a nuestras diferencias, compartimos rasgos universales que nos igualan y nos unen en el entendimiento y la concordia.
Nadie debería pedir perdón por haber nacido o por existir, por pertenecer a un sexo, por su orientación sexual, por su raza o etnia, por su cultura, por ser de un país o territorio, por sus creencias, por sus ideas políticas o por sus valores, entre muchas otras cosas. Todos valemos por igual porque todos somos capaces potencialmente de aportar algo bueno para hacer un mundo mejor en el cual sumamos en la diversidad. ¿Autoodio? No, gracias.

Fotos: C. Jordà (El País), Pablo Lorenzana.