lunes, 18 de febrero de 2013

Amanuenses, escribanos y memorialistas de Barcelona


“Tradicionalmente, años y años, los escribanos o memorialistas habían permanecido muy visibles, apostados nada menos que en la yema de la Rambla, en el mismísimo umbral del palacio de la Virreina. Formaban parte del humano, del castizo repertorio típico ramblista: con las floristas, los encaladores, los pasajeros, los mozos de cuerda, los municipales que el pueblo conocía por "xanxes"...” Así es como Sempronio, el cronista oficial de Barcelona, hacía referencia en un artículo suyo publicado en el diario La Vanguardia a las ya desaparecidas casetas de amanuenses, también llamados escribanos o memorialistas.


El oficio de amanuense consistía en dedicarse profesionalmente a escribir, a mano o a máquina, al dictado o bien copiando o pasando a limpio lo que el cliente le pedía. Se desconoce exactamente cuando surgieron los primeros en la ciudad de Barcelona, pero al menos se sabe que su presencia se debió a una necesidad, pues había mucha gente que no sabía leer ni escribir mientras que otros estaban dispuestos a ofrecer sus conocimientos y sus servicios. Escribían al dictado, con una rapidez digna de récord, con pulcritud y sin faltas, escuchando, sin retenerlas, las palabras de los analfabetos que acudían para contar lo que les pasaba a parientes o amores lejanos o para resolver papeles burocráticos e instancias coronadas por un "Dios guarde a usted muchos años".


Generalmente eran hombres formados en la buena gramática que suplían la falta de cultura popular. A mediados del siglo XVIII se constata que en la plaza de Sant Jaume había barracas de copiadores de cartas que ya los llamaban memorialistas. Primero fueron unas casetas de madera pero luego se sustituyeron por un biombo de tejido que obligaba a su montaje y desmontaje diario. Se ubicaban en la esquina de las calles del Call y de Sant Honorat. Su popularidad hizo que dicha plaza se conociera popularmente como la “plaça de les Barraquetes”.
El patrón de los amanuenses barceloneses era Sant Lluc, día festivo en el cual no trabajaban, que se conmemoraba el 18 de octubre. Este oficio era por aquél entonces pobre y mísero, pues a pesar de tener el privilegio de estar alfabetizados, mucha gente, recelosa e ignorante, se negaba a transcribirles sus intimidades. Era frecuente redactar cartas para capellanes y censores, incluso algunos hacían de casamenteros a caballo entre las bodas concertadas y las posteriores agencias matrimoniales. Se dice que en alguna caseta llegaba a colgar un cartel que indicaba “Se hacen casamientos”.


A causa de su pobreza solían vestir con ropas apedazadas o atuendos de segunda mano, incluso adquiridos en encantes. Sin embargo, quienes peor vestían estaban mejor considerados, de ahí el refrán catalán que decía “bon escrivent, de pedaços, més de cent”. Normalmente su uniforme más habitual era la gorra a guisa de barretina, de punto de aguja, de lana en invierno y de algodón en verano, morada o verde. Como tenían que pasar el día a la intemperie, al apretar el frío iban embolsados con una capucha anexa a la capa. Era corriente el uso de mitones o guantes, y si querían mantener el prestigio entre la ciudadanía debían llevar gafas. Un porcentaje destacado de amanuenses eran en realidad militares licenciados tras finalizar las guerras carlistas, que habiéndose quedado sin causa por la cual luchar decidieron cambiar las armas por la palabra escrita.


Otro emplazamiento de barracas de amanuenses era en la calle del Consolat de Mar, un tramo más estrecho que iba desde las Voltes dels Pintors hasta el Pla del Palau, delante del edificio de la Llotja. Dicho tramo fue conocido por tal motivo como el “carrer dels Escrivans”. A este espacio se atribuyen además la plaza Reial y el antiguo convento de los Trinitarios (donde ahora se alza el teatro del Liceu), si bien no ha sido posible hasta el momento encontrar más información al respecto.
En la segunda mitad del siglo XIX, durante la década de 1860 se trasladaron en el muro de la medianera del edificio situado al lado izquierdo de al lado del palacio de la Virreina, en la Rambla, pegados a la pared y frente a la Casa Beethoven. Las casetas, de madera y de concesión municipal, presentaban un aspecto algo más noble y acorde con el paisaje. Había cuatro cabinas, cada una de ellas con dos sillas, una para el cliente y otra para el amanuense, además de una mesa con unas tablillas cubiertas de bayeta verde, sobre la cual había un tintero de cerámica con una caja de Petri para tinta del tipo caparros, una cajita con serrín y unas plumas de oca del ala izquierda, que eran las mejores para escribir según los expertos.


El analfabetismo de la época auguraba buenas perspectivas al negocio, que si bien empezó con dificultades, con el paso de los años aumentó la demanda hasta el punto que eliminar esa antigua imagen pobre del amanuense. Allí en la Rambla fueron muchos quienes de algún modo se confesaban, limitándose a transcribir con exactitud lo que decía el cliente de turno, pero también los había que proponían modelos de cartas amatorias en las que sólo había que rellenar los espacios en blanco con el nombre del amado o amada, o solamente escuchaban y escribían. En determinadas circunstancias algunos incluso se atrevían a aconsejar al cliente, llegando a suavizar la redacción intercalándole conceptos propios. La dedicación incluía también la redacción de pagarés, instancias a las autoridades, memorandos y, en general, cualquier trámite bancario o burocrático que requería del arte de la escritura. Según cuentan algunos testigos de la época, las muchachas del servicio doméstico eran las principales usuarias, llegando a hacer largas colas los domingos por la tarde para poder mandar unas palabras al pueblo, a la familia o al novio, para apresar la realidad en forma de carta.


En 1924 los amanuenses empezaron a usar máquinas de escribir, algo que poco a poco contribuiría a retroceder los métodos tradicionales caligráficos.
En la década de 1950, cuando la escuadra americana desembarcó al puerto de Barcelona muchas «camareras» se relacionaron con los marines. Ello supuso una demanda adicional, pues algunos amanuenses sabían hasta cuatro idiomas (catalán, castellano, francés e inglés) y les pedían que escribiesen en inglés sus cartas de amor. Algunas incluso lograban que su novio americano les enviara dinero para coger el barco y casarse, aunque finalmente todo terminaba con que ellas se quedaban con el dinero y no se casaban.
A medida que el país se fue culturizando y los índices de analfabetismo fueron bajando, el negocio se empezó a resentir, si bien se reciclaron para tareas como escribir memorias, redactar documentos oficiales, solucionar trámites administrativos y hacer cuentas, entre otras tareas. A menudo en las ventanillas se colgaban cartelones indicando los servicios. Uno de ellos decía textualmente “Certificados de penales. Tramitación de documentos. Cartas, instancias, copias, circulares, facturas, Francés, inglés, italiano, traducciones. Rapidez y seriedad en los encargos”.


El 18 de marzo de 1954 un extraño incendio (cuyos indicios apuntan a que fue provocado) destruyó parcialmente las casetas de la Rambla, por lo que se decidió derribarlas y hacerlas desaparecer definitivamente para trasladarlas en los jardines del Doctor Fleming, su último destino (otras fuentes indican erróneamente la plaza de la Gardunya, detrás del mercado de la Boqueria). Las nuevas cabinas se construyeron completamente funcionales, de madera artificial, techo de placas de poliéster de color verde, e interior austero con una silla, una tabla adosada a la pared como mesa y un calendario, además de una máquina de escribir y una carpeta para los folios. Solo a finales de la década de 1960 hubo un repunte, gracias a los numerosos documentos que llegaron a redactar con motivo de la promulgación de la Ley de Arrendamientos de 1967.


Algunos amanuenses llegaron a ser relativamente populares llegando a trabajar hasta edades muy avanzadas. Uno de ellos a mediados de la década de 1970 trabajaba incansable a sus 90 años, después de haber sido maître del Hotel Suizo. Sabía hablar francés después de haber vivido en el París de finales del siglo XIX. Otro amanuense, llamado Capdevila, tenía un gran parecido físico al poeta y dramaturgo José Zorrilla. Se dedicaba, además de escribiente, a escribir sainetes que llegaron a estrenarse en el teatro Romea. Otros incluso eran de origen extranjero. Uno de ellos, napolitano, fue tan querido que al morir dejó una estela de duelo ciudadano. Otro era parisino, y aseguraba que fue pintado por el pintor y grabador Gustave Doré.
Con el paso de los años las casetas fueron desapareciendo por falta de rentabilidad hasta que en el año 1985 solo quedaba en funcionamiento una única cabina, del último amanuense de Barcelona, en este caso una mujer llamada Ana Ruiz. Aguantó el oficio hasta mediados de diciembre del año 1991, cerrando para siempre.

3 comentarios:

Júlia dijo...

Molt interessant!!! Por cierto, en muchos pueblos el cura era el amanuense oficial 'escribidme una carta, señor cura...'

richy dijo...

genial ricard. Como todos tus articulos

Anónimo dijo...

Muy bueno Ricard, mis felicitaciones, aunque al compartirlo en Facebook he visto que otros vecinos también los recuerdan en la Plaza de las Pagesas, al menos hasta 1975! Un saludo