viernes, 14 de diciembre de 2012

Un premio Nobel para la mentira


Este año la Unión Europea ha sido agraciada con el Premio Nobel de la Paz como reconocimiento de seis décadas de paz y estabilidad en el viejo continente. Parece que nuestro mundo carece completamente de gentes e instituciones suficientemente pacificadoras y humanitarias hasta el punto de que el galardón ha tenido que ir a parar a este organismo, pasando por delante de organizaciones como por ejemplo la Fundación Vicente Ferrer.
Con este gesto, por fin el Premio Nobel de la Paz ha decidido destaparse y ponerse en evidencia ante el mundo, sincerándose de una vez por todas y mostrar abiertamente que el premiar no se trata de una cuestión de méritos sino de intereses particulares. Hasta la paz es un negocio al servicio de los estados mayores. De hecho, todos lo sabíamos, pero ahora debemos agradecer que finalmente hayan optado por salir del armario.
Ante todo, es necesario entender qué entendemos por paz, puesto que si se trata de un concepto opuesto a guerra, debe tenerse en cuenta que ésta no solo se manifiesta mediante el conflicto bélico, sino también a través de otros medios más sutiles y discretos. La Unión Europea, además de ser una institución económica, surgió en parte como reacción al temido Pacto de Varsovia que englobaba a los países de influencia soviética y comunista. Todos los países que forman parte de la Comunidad están adheridos a la OTAN, una organización militar que a través de métodos belicistas asegura defender las libertades democráticas. La participación de varios estados europeos en conflictos civiles y especialmente debidos a intereses económicos (básicamente por el control del suministro de petróleo y otras energías) ha sido constante en estas últimas décadas, siendo el caso más reciente el de la guerra de Irak. La voluntad de contribuir a la paz y a la estabilidad de Europa debería de ser ejemplar hasta el punto de extenderse por el resto del mundo, pues en caso contrario se aboca al egoísmo.


La guerra sutil y discreta antes referida es la económica, mediante la presión de los países más ricos sobre los más pobres. Si bien es cierto que los estados con un nivel de vida más bajo se han visto beneficiados por su entrada a la Unión Europea, ello también ha conllevado a pagar un alto precio. España, por ejemplo, durante muchos años fue un país con una gran tradición en el sector primario. Para evitar desequilibrios en el marco europeo, nuestro país se vio obligado a producir menos cantidad de productos de dicho sector o incluso dejar de producirlos para evitar perjudicar a estados vecinos. Ello comportó una pérdida de suelo productivo y la destrucción de varios puestos de trabajo. En definitiva, España ha dejado de ser el primer país europeo en agricultura, ganadería y pesca, apostando a cambio por el cultivo intensivo y la sobrepesca que tanto daño ha hecho al medio ambiente. España pudo haber continuado siendo la primera potencia europea en el sector primario, exportando a Europa lo que marcan las directrices comunitarias para garantizar ese equilibrio, mientras que el resto de producción podría haber servido para abrir nuevos mercados exportando a otros continentes, como el africano, donde buena parte de la población padece desnutrición.
En síntesis, muchos países se han visto forzados a renunciar a una parte de su economía y de su potencial para adaptarse a esa nueva Unión Europea, en vez de respetarlo y canalizar ese porcentaje que suponía desequilibrio hacia otras direcciones. Se ha perdido soberanía en política exterior, monetaria y cambiaria, además de estar mucho más vinculado al Banco Central Europeo.


Ante la crisis económica, se ha puesto en evidencia la existencia de dos Europas que circulan y evolucionan a dos velocidades, donde la rica margina y discrimina a la pobre, la cual se encuentra sometida a los deseos y voluntades de los estados más poderosos. Alemania se ha erigido como país director de una situación a la que todavía se dista de verle un final. Los países mediterráneos se están convirtiendo en los más precarios, hecho que refleja el concepto que tienen de ellos. La crisis ha servido para demostrar que el modelo europeo fijado por la Unión Europea no era perfecto y para evidenciar que tal unión jamás se ha debido a una cuestión de simpatías entre sociedades vecinas de diferentes lenguas y culturas. Los recortes han conllevado a la destrucción del estado del bienestar en cuanto a derechos sociales y a la progresiva desaparición de la clase media, el colectivo que realmente garantizaba la paz y la estabilidad continental. A todo esto lo podríamos llamar “dictadura blanca”, término que una vez acuñó Tarradellas cuando aseguraba que “existe una dictadura blanca muy peligrosa, que no fusila, que no mata, pero que dejará un lastre muy fuerte”.


Respecto a esta última cuestión, la Constitución Europea abogaba por un modelo globalizador y asimilador, incapaz de reconocer la realidad plural, multilingüe y multicultural que conforma el conjunto de todos y cada uno de los estados miembros. Actualmente, en el Parlamento Europeo no son reconocidas todas las lenguas, por lo que algunas no pueden ser usadas, hecho que supone una discriminación y una huída de la Europa real. Ello, además, impide la adquisición de una mayor competencia en el mercado de trabajo. Un proyecto de paz y estabilidad basado en exclusiones jamás puede funcionar, lo que refleja la existencia de una guerra invisible. No se trata de ser antieuropeísta o euroescéptico, sino de abogar por una Unión Europea mejor que la actual, que garantice igualdad de derechos y oportunidades a todos y a cada uno de los estados miembros.
La participación en conflictos militares (aunque se hayan producido fuera del viejo continente), los desequilibrios económicos, el terrorismo y los enfrentamientos por motivos étnicos, religiosos, lingüísticos, culturales e identitarios, entre otros, son problemas reales que se encuentran al orden del día en esa pacificadora y estabilizadora Unión Europea que ha recibido recientemente el Premio Nobel de la Paz, una paz que en realidad nunca ha existido.


1 comentario:

Eastriver dijo...

Es que el premio éste está totalmente desacreditado. Se lo dieron a Obama cuando llevaba cuatro días mal contados y no había hecho nada por ganárselo. Y ahora a la UE. Es como que siempre se lo dan al famoso de turno. ¿No habrá gente anónima, verdaderos luchadores en el filo, que se lo merecen más? Sí, sí los habrá, claro. Los hay.