miércoles, 23 de mayo de 2012

Recuperemos la sala de baile La Paloma


Durante muchos años La Paloma fue la sala de baile más importante de Barcelona. Tuve el placer de haber estado una vez con motivo de la entrega de los premios Teatre BCN en noviembre del año 2006. Su interior me causó una agradable impresión por la espectacularidad de la decoración. Y es que hoy día sumergidos en la era del diseño y la funcionalidad quedan muy pocos espacios en la ciudad tan bellos como La Paloma que sean capaces de transportarte a los tiempos de la Belle Epoque. El exterior no es precisamente llamativo y todavía conserva el aspecto de una nave industrial del siglo XIX porque el emblemático edificio, antes de convertirse en el centro del ocio y de la diversión de la ciudad, abrió en 1853 como la Fundición Comas, cuya actividad era la fabricación de máquinas diversas, moldes y fundición de metales. Entonces ya ganó a pulso su prestigio al recibir el encargo de toda la decoración en bronce del monumento a Colón, erigido a partir de 1883 e inaugurado en 1888 para la Exposición Universal. Sin embargo, sucumbió ante una crisis económica y ello llevó a sus tres propietarios a plantear la idea de reconvertir la fábrica en una sala de baile. Cada uno de ellos se encargó por su cuenta de proporcionar una orquesta, abrir un bar y acondicionar la sala. Y así fue, que abrió un modesto local de ocio bautizado con el nombre de La Camelia Blanca, pero su escaso éxito sumado a unas deudas que no fueron capaces de pagar obligó a la venta de aquel vasto complejo al empresario Jaume Dora, responsable de la conversión del viejo recinto fabril en una lujosa sala de baile. Las obras de reforma empezaron en el año 1903 y se prolongaron hasta 1915, pero como sala de baile ya estaba abierta al público con la denominación que nos ha llegado hasta nuestros días: La Paloma, nombre procedente de uno de los perros del propietario de terrenos hortícolas circundantes y anteriores a la construcción de las centenarias viviendas que todavía siguen en pie y otorgan al barrio un regusto antiguo auténtico y original. Los otros perros del mismo dueño se llamaban Tigre y León, que dieron nombre a dos calles donde se halla el local. Otras fuentes aseguran que dichos perros eran en realidad propiedad del vigilante de la Fundición Comas, con lo cual no se trata de una información fidedigna.


El hijo de Jaume Dora, de nombre Ramon, con tan solo 15 años de edad decidió hacerse cargo de la nueva sala y decidió viajar a París para tomar referencias de cara a la decoración interior. Toda una precocidad de chico. De estilo versallesco, las molduras y los relieves con ribetes dorados fueron a cargo del artesano Ramon Mestres, el cual, afirmó ante el cronista de Barcelona Sempronio cuando era un adolescente acompañado de su padre, que “dejaré La Paloma convertida en el Salón de los Espejos de Versalles”. Las pinturas del techo fueron a cargo de los pintores escenógrafos del teatro del Liceo, Salvador Alarma y Miquel Moragas. En 1915 se terminó la galería del primer piso con cuatro escaleras a ingles para acceder a los palcos, y no fue hasta 1928 que se instaló la espectacular lámpara de techo que preside e ilumina toda la pista, elemento que simbolizó el final de las obras de construcción de la sala de baile y que se celebró con una gran fiesta de carnaval. Durante sus inicios, La Paloma estaba frecuentada por lo que vulgarmente llamaban “mala gente”, lo que motivó al propietario a contratar camareros forzudos y envalentonados que ayudaron a disuadir a los clientes conflictivos. Ello fue el inicio del prestigio del local que empezó a ser frecuentado por artistas e intelectuales de la Barcelona bohemia. Entre algunos de los habituales estaban Pablo Picasso, que conoció allí a su novia Rosita del Oro, y Salvador Dalí, que sentado en un palco dedicaba su tiempo a dibujar a los personajes que visitaban la sala. Como anécdota divertida, cuenta Sempronio que a menudo se hacían concursos de resistencia siendo vencedores quienes eran capaces de bailar durante más horas sin parar.


Al estallar la Guerra Civil, La Paloma fue incautada y reconvertida en galería de tiro. Hasta la posguerra no fue devuelta nuevamente a Ramon Daura, que reabrió la sala de baile e inventó un personaje llamado La Moral para evitar que el régimen franquista tachara el recinto de centro de vicios. La Moral era un hombre encargado de pasearse por la pista de baile con un bastón en la mano cuya misión era separar las parejas que se pegaban más de lo consentido mientras bailaban. Hipocresía puritana al poder que se prolongó hasta la década de 1950. La Paloma empezó a padecer los primeros síntomas de decadencia y a perder el esplendor de las décadas anteriores, pero gracias a un grupo de artistas la sala se mantuvo viva. Fueron los pintores Josep Guinovart y Marc Aleu, el fotógrafo Francesc Català-Roca y el escultor Xavier Corberó quienes volvieron a darle vida y a extender su fama. Tras el final del franquismo, ya en los años de la transición democrática, La Paloma se convirtió en punto de encuentro de estudiantes, artistas e intelectuales, incluso de gente asidua al teatro del Liceo. Como sala de baile frecuentada habitualmente por personas mayores, a menudo gente viuda, separada y solterona, poco a poco empezaron a incorporarse jóvenes gracias a la ampliación de la oferta musical. Ocasionalmente La Paloma fue el escenario perfecto para celebrar fiestas, conciertos, actos oficiales y entrega de galardones, hecho que demostraba la polivalencia del recinto y las posibilidades que podía ofrecer como espacio cultural y de ocio, así como su adaptación a los nuevos tiempos.


Desgraciadamente, la ampliación de la oferta lúdica a discoteca aunque fue con la buena fe de atraer al público joven terminaría por convertirse en la tumba del local. Con el aumento requerido de la sonorización, los propietarios se vieron obligados a efectuar reformas para insonorizar el local debido a las quejas vecinales de los habitantes del bloque adyacente al local. Parecía que el problema se había solventado con una nueva cubierta, pero sin embargo, como consecuencia de los severos conflictos traducidos en peleas callejeras, amenazas e intimidaciones a los vecinos, inseguridad, gritos, suciedad, borracheras, botellas rotas, vómitos y orines, el Ayuntamiento ordenó el cierre del local indefinidamente mientras no se instalaran sistemas de insonorización adecuados, un acuerdo al que no han llegado con los propietarios y que ha costado el despido de sus cien empleados. Han transcurrido cinco años desde que La Paloma cerró sus puertas. Desde entonces, una aureola de misterio se cierne sobre la mítica sala de baile y prácticamente no se ha informado sobre el futuro del local o del estado de las negociaciones entre el Ayuntamiento y los propietarios. Nadie sabe absolutamente nada, ni siquiera los vecinos del barrio. No hay noticias al respecto desde ningún medio de comunicación. Solo existe un extraño e inexplicable silencio absoluto. Se desconoce por completo lo que el tiempo deparará. Tan solo se observan en determinadas horas del día unos pocos operarios que entran y salen por una puerta de emergencia a realizar obras de limpieza y mantenimiento. Ellos tampoco saben nada al respecto.


Barcelona es una ciudad que tiene y ha tenido muchos espacios emblemáticos que han escrito una página imborrable para la historia por lo que llegaron a aportar y a contener, pero desgraciadamente es también una ciudad que por la misma regla de tres ha sido capaz de destruir y borrar de un plumazo la memoria de un espacio por importante que haya podido llegar a ser. La evolución y el progreso de los tiempos jamás pueden servir de excusa para ello, aunque la mayoría de casos se han debido a razones políticas o por la instauración de un modelo de ciudad “políticamente correcto” que nunca se ha correspondido con la Barcelona real. Es necesario corregir ese error y que La Paloma vuelva a abrir y a relucir, que se recupere ese espacio de ocio para la ciudadanía devolviendo aquella vida y alegría que nunca ha estado en conflicto con los vecinos del barrio. Resulta obvio que la sala de fiesta, por su antigüedad, por su historia, por los personajes que por allí han pasado, por su decoración versallesca única e irrepetible y por las características de espacio y distribución del local no es un lugar adecuado para acoger una discoteca. Que el Ayuntamiento proponga reformas de insonorización y soluciones “paranormales” como una entrada con escaleras tipo metro en la ronda de Sant Antoni y excavar un túnel bajo tierra por la calle del Tigre para hacer un acceso subterráneo hasta la pista de baile no ayudarán a solucionar el conflicto, a la vez que repercutirá a la destrucción y desfiguración de la sala centenaria solo por el capricho de mantener una función que no es compatible y además genera conflictos e inseguridad.


La ciudadanía quiere la reapertura de La Paloma, pero como sala de baile, como siempre ha sido y como siempre debe de ser. No existe entonces otra solución que apelar al “seny català”, recapacitando Ayuntamiento y propietarios llegando a una solución satisfactoria que permita restablecer la función como sala de baile y sala polivalente.

2 comentarios:

Dorada dijo...

¡Por fin!
Después de 6 largos y eternos años volveremos a La Paloma.

http://bit.ly/ZYM49T

Saludos

Anónimo dijo...

Jaume Daura (no Dora), corregir por favor.