miércoles, 6 de abril de 2011

Sam ya no la volverá a tocar


Evoco en el título del presente artículo las palabras de Humprey Bogart en una de las películas más míticas de la historia del cine y que dio nombre a estas salas cinematográficas: Casablanca. Hubiese deseado escribir la frase tal y como el célebre actor lo dijo en el citado filme, “vuélvela a tocar Sam”, pero desgraciadamente no será posible porque el amigo Sam, allá donde esté, ya no podrá volver a tocarla. Después de 31 años de existencia, los cines Casablanca cierran definitivamente sus puertas debido a los graves problemas que hoy padece esta industria por la crisis económica, las deudas, las descargas ilegales por Internet y el descenso del número de espectadores debido a que optan por otros entretenimientos, algunos de muy dudosa calidad. Nos desaparece del mapa urbano un pequeño templo del arte y ensayo barcelonés, que a pesar de haber sobrevivido solamente durante poco más de tres décadas, enseguida alcanzó una fama y un prestigio como pocas salas de cine lo han hecho.


Los cines Casablanca abrieron sus puertas el 13 de diciembre de 1980 en el número 115 del paseo de Gràcia, en el tramo superior denominado como los jardines de Salvador Espriu, sito en el barrio de Gràcia. Regentados por la empresa Els Cinemes del Passeig de Gràcia, durante once años nada menos que el crítico de cine Jaume Figueras se dedicó a programar la cartelera de las dos pequeñas salas alargadas, estrechas y de incómodas butacas con capacidad para solo 317 personas. Especializadas en proyecciones llamadas de arte y ensayo, exhibidas en versión original subtitulada, estos cines se bautizaron con la denominación de Casablanca en homenaje a la película de Michael Curtiz, incluso el pequeño bar del vestíbulo se llamaba Rick’s Bar (luego Bogart Café). Durante los años posteriores, se convirtió en un punto de referencia del cine de autor a pesar de la competencia de otras salas cinematográficas como los multicines Verdi, Alexis y Maldá, los cuales junto con los Casablanca formaron parte del llamado Círculo A del cine de arte y ensayo, experimental y de autor.


En diciembre de 1991 los cines Casablanca pasaron a manos del empresario Julián Mateos Iñiguez. Y desde los últimos años las dos pequeñas salas pasaron a manos de la empresa Kaplan gestionada por Salomón Shang, que las ha mantenido como ha podido resistiendo las deudas, los impagos y la crisis económica que impidieron una remodelación de las salas, la pantalla, las butacas y el sistema de sonido. El propietario, también productor de cine, aprovechó para estrenar en estas salas sus propias películas. En agosto de 2005 los Casablanca Kaplan acogieron un interesante ciclo de películas de la década de 1970. Sin embargo, una inadecuada programación sumada a los anteriores motivos ha motivado el cierre definitivo acaecido el pasado 4 de abril. La clausura se ha producido sin previo aviso, con total discreción. Las películas inaugurales de 1980 fueron “Cabeza Borradora”, de David Lynch (en la sala 1) y Johnny Guitar, de Nicholas Ray (en la sala 2). Ahora, las películas “Cisne Negro”, de Darren Aronofsky, y el documental “Hammada”, de Anna Bofarull, cierran para siempre la programación de un espacio del séptimo arte que deberíamos guardar para siempre en nuestra memoria histórica por haber escrito una página muy especial, breve pero profunda, en la historia de la cinematografía barcelonesa. Las luces se han apagado, y Sam, discretamente, ha bajado la persiana por última vez y se ha marchado hacia un destino desconocido. Nunca más la volverá a tocar.


Nota: algunas de las imágenes han sido tomadas de la web connectclub.com

1 comentario:

Tomás Fernández Valentí dijo...

Lamento profundamente el cierre del cine Casablanca, porque guardo algunos entrañables recuerdos relacionados con él. Sobre todo, una agitada proyección del en su momento "escandaloso" film de Jean-Luc Godard "Je vous salue, Marie", acompañada por una multitud de cristianos que protestaban en la puerta del cine, y que fue interrumpida por el lanzamiento de una bomba fétida (sic) que obligó a parar la proyección durante unos minutos mientras la sala se ventilaba. ¡Qué tarde la de aquel día! ¡Y cuántas buenas películas llegué a ver allí! Un entrañable recuerdo para unas salas, por muchas y muy buenas razones, entrañables.