lunes, 15 de noviembre de 2010

Acatar el Sexto Mandamiento, a “multazos”

La prensa anunciaba hace unos días que el problema de la prostitución en el barrio del Raval de Barcelona había disminuido gracias a las multas aplicadas a los clientes que acudían. Esta ofensiva se debe a la estricta aplicación de la nueva Ordenanza Cívica que pretende disuadir a quienes quieren ir con las prostitutas que se encuentran “trabajando” en la calle y son en su gran mayoría explotadas por mafias. Se trata de chicas muy jóvenes procedentes de los países del este o bien subsaharianas u orientales que llegan aquí engañadas con la promesa de que encontrarán trabajo, y luego son obligadas a ejercer la prostitución. En la medida de lo posible, los Mossos d’Esquadra también han hecho numerosas redadas y batidas con la detención de diversos proxenetas.
Aunque el problema ha disminuido, el mal ambiente continúa presente en algunas calles del Barrio Chino de Barcelona, especialmente las calles de Robador y Sant Ramon. Los “multazos”, que llegan a los 750 euros o más, han producido una caída del número de clientes y muchas mujeres, al ver reducidas sus recaudaciones, se han visto obligadas a marchar a otros sitios, como los alrededores del Camp Nou, la calle de Wellington o los alrededores de la plaza de les Glòries Catalanes, principalmente. Todo ello sin contar aquellas quienes se colocan puntualmente en determinadas calles, no en grandes grupos, y llaman muy poco la atención debido a que ofrecen sus servicios sexuales en sus propias viviendas.
Así, pues, se nos ha vendido la multa severa como una solución al problema. Sin embargo, no se trata de una solución factible sino de una mera operación de maquillaje para ofrecer buena imagen del centro histórico y turístico de la ciudad. Los problemas del incivismo se arreglan mediante la pedagogía, la educación y la comprensión, nunca a través de multas y sanciones. Cuando a un cliente que acude a una prostituta de la calle se le multa, solo le estás enseñando a que si vuelve a reincidir, será nuevamente amonestado, pero no que aquello esté mal porque se contribuye a alimentar las mafias y a dañar físicamente y psicológicamente a las chicas explotadas. Por lo tanto, hay que distinguir entre quien deja de “ir de putas” porque moralmente sabe que no es correcto y entre quien no va solamente porque teme que la policía lo pille “in fraganti” cuando en realidad desearía acudir. El segundo caso suele ser el más frecuente. Se trata de un cliente errante que optará por soluciones alternativas a los espacios vetados, como ir a otras barriadas donde haya menos control policial o bien a los pisos particulares, sean de profesionales o bien las casas de relax que tanto abundan en los clasificados de los periódicos e Internet.

El debate pedagógico acerca de la prostitución es delicado y a menudo peligroso opinar porque enseguida se puede caer en la hipocresía y la demagogia. En el primer caso, por parte de quienes se muestran puritanos, religiosos y conservadores, pues no es la primera vez que estos colectivos son los primeros en acudir a servicios sexuales de todas clases. Y en el segundo caso, por parte de sectores progresistas y muy liberales que pretenden ofrecer una imagen “normalizada” del llamado trabajo más antiguo del Mundo, como si se tratara de un empleo cualquiera igual de digno y honrado que los demás. Esto no es más que un falso progresismo.
Aquellas mujeres que quieran ejercer la prostitución lo van a hacer de todos modos aunque se prohíba, porque vetar las cosas no tiene efecto alguno. Está claro que es algo imparable e inevitable porque a la humanidad le interesa que exista. Al menos debería ofrecerse una regulación, acabar con la actual situación de ilegalidad y de alegalidad pero bajo una normativa. Aplicando el modelo holandés, los propietarios de los burdeles (que no serían proxenetas) se verían obligados a pagar impuestos y la Seguridad Social de las prostitutas, las cuales dispondrían de una licencia municipal y derecho a cobrar el paro. No estar en la calle sino en un piso garantizaría este trabajo bajo unas condiciones lo más humanamente posibles, recibiendo asesoramiento de especialistas y ayudas sociales y sanitarias. Quedarían excluidas al derecho de ejercer quienes tuviesen problemas con drogas o estuviesen enfermas de SIDA o de otra enfermedad de transmisión sexual, aunque sí tendrían derecho a una atención sociosanitaria especializada. No tendrían derecho a legalización aquellas prostitutas procedentes de tráfico de inmigrantes, sometidas al provecho de mafiosos y proxenetas, debido a que su trabajo es forzado y esclavo en vez de voluntario, que es el problema a erradicar.

Las causas que llevan a una mujer a la prostitución son muy variadas y no deben de ser juzgadas sin antes entenderlas, pues deberían de ser previamente estudiadas y ofrecerles la posibilidad para las quienes lo deseen de dejar su trabajo sexual a cambio de garantizarles formación y un nuevo empleo como forma de rehacer sus vidas y empezar de nuevo. Encontramos desde aquellas quienes les gusta ser “trabajadoras del sexo” y se profesionalizan hasta quienes se ven forzadas bajo amenazas o bien como una manera rápida y fácil de salir de la miseria, e incluso quienes solo se ofrecen temporalmente por voluntad propia sin ser profesionales simplemente para pagarse un piso, un viaje o los estudios. Jamás se acabará con este fenómeno porque la demanda de hombres genera la oferta, y no al revés. Es algo que está en nuestro talante, en nuestra cultura, un tema muy complejo de abordar imposible de universalizar en cuanto a si está bien o está mal. Aunque la legalización se ve para algunos como una solución, el modelo ilegal no desaparecerá por la clase de oferta (chicas muy jóvenes incluso menores con tarifa más económica) y de cliente (a menudo muy pervertido y barriobajero) muy diferente al del hombre pulcro o convencional que acuda a una profesional regularizada, es decir, que vaya de “sexo legal”.
Un tema extremadamente complejo y controvertido cuya solución va a ser a muy largo plazo. Un fenómeno que es presente desde la creación siglos atrás del llamado Barrio V, actualmente denominado el Raval, y antaño conocido el Barrio Chino. Y un reflejo de los resultados obtenidos tras la aplicación de esa política de “esponjamiento, saneamiento y dignificación” de esta barrio histórico de la ciudad: un contraste entre las zonas degradadas con delincuencia, drogas y prostitución, y los nuevos espacios culturales y de ocio para turistas, estudiantes de Erasmus y pijoprogres. Y sus habitantes, sus vecinos de ayer y de hoy, ahogados entre los dos polos opuestos que son dos mundos paralelos en un mismo territorio, víctimas de ambos bandos y cuyas voces, aunque silenciadas, expresan su desencanto con centenares de pancartas colgadas en sus balcones que dicen “Volem un barri digne”.
Y el Sexto Mandamiento dice: “no cometerás actos impuros”… o te multaremos.

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